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miércoles, 26 de octubre de 2011

CIENCIA › DIALOGO CON CAROLINA VERA, DIRECTORA DEL CENTRO DE INVESTIGACIONES DEL MAR Y LA ATMOSFERA La difícil tarea de predecir el clima El jinete hipotético se fue a dar una vuelta por el Océano Pacífico para ver el fenómeno de El Niño. Vio y cabalgó nubes y comprobó que todavía no les tienen demasiado miedo a los meteorólogos.


 Por Leonardo Moledo
–Usted es doctora en ciencias de la atmósfera e investigadora del Conicet. Cuénteme qué hace.
–Estamos trabajando muy activamente para lo que se conoce como servicios climáticos. Todo el mundo sabe lo que es el servicio meteorológico: una información sobre cómo está el clima hoy, un pronóstico sobre cómo va a estar mañana, etc. Servicios climáticos quiere decir la posibilidad de tener centros que le den información climática a la sociedad en general y a ciertos grupos particulares, que permitan tomar decisiones con meses de anticipación. Todos llaman acá en noviembre para preguntar cómo va a ser el próximo verano, por ejemplo, a lo que tenemos que responder que no sabemos bien porque no hay herramientas de predicción todavía lo suficientemente desarrolladas. Pero eso fue hasta ahora. En el año 2009, Organización Meteorológica Mundial se dio cuenta de que era un desafío que ya no se podía esquivar y que había que abordar el problema.
–¿Y entonces?
–Bueno, los servicios meteorológicos no pueden hacerlo por su cuenta, porque se requiere una investigación y un conocimiento del clima que todavía sigue anclado en el sector académico y científico. Y ahí entramos nosotros, porque acá en el CIMA (Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera) tenemos investigaciones desde hace varios años sobre cuestiones climáticas. Tenemos líneas de investigación, de hecho, que apuntan a generar estos pronósticos. Desde este año hemos empezado una colaboración con el Servicio Meteorológico Nacional para generar estos productos.
–¿Cómo se puede pronosticar con tanta antelación?
–El clima varía a lo largo de los meses por distintos forzantes (llamémoslos así).
–Se ve que usted no es cordobesa.
–No, no lo soy, ¿pero por qué?
–Porque hubiera dicho “los llamemos así”. ¿Cuáles son los forzantes?
–Uno, el más conocido, es la influencia que el océano tropical le da a la atmósfera. El fenómeno de El Niño es el ejemplo más concreto. El Pacífico Ecuatorial, el océano más grande del mundo, tiene las aguas más calientes: con más de 28 grados, es una verdadera hornalla para la atmósfera. Ese calor que transfiere el océano genera mucha nube convectiva que altera la circulación. Si por algún motivo eso cambia, como por ejemplo con el fenómeno de El Niño, que se expande hacia el Pacífico Central, vuelve a alterar la circulación y en nuestro caso, en el sudeste de Sudamérica, llueve más de lo normal. Una manera de predecir el clima con meses de anticipación, por ejemplo, es prestarle atención al Niño.
–¿El Niño qué es?
–Es una fase de una oscilación que se da en el clima del Pacífico Ecuatorial. Ese clima está oscilando entre dos estados: uno normal, en el cual las aguas están más calientes en la porción oeste, más cercana al sudeste de Asia, y la otra fase (la de El Niño) en la cual las aguas más calientes se expanden hacia el Pacífico Central.
–En el lado de Ecuador...
–No, en el medio del Pacífico. En el lado de Ecuador, cuando eso ocurre, también sube la temperatura del mar. Pero ahí el agua es siempre muy fría, entonces que suba de 15 a 20 grados a la atmósfera no le modifica mucho. Pero en el medio del Pacífico, que suba de 25 a 28 o 29 grados, sí, porque ahí es donde va a empezar a llover más. Cuando estas nubes convectivas, en el proceso de condensación, liberan calor, están liberando una gran cantidad de energía en la atmósfera, que genera ondas y altera la circulación hasta las zonas polares. Se ha medido que la temperatura global en un año posterior al Niño puede aumentar varios grados, como producto de ese episodio. Históricamente, ésa es una fuente para la predicción. La pregunta, entonces, es qué pasa cuando no hay Niño. Y, también, cómo puedo pronosticar cuantitativamente la influencia del Niño sobre Argentina. Ahí una fuente es el Océano Ecuatorial. Se han de-sarrollado modelos globales donde se reproduce el océano y la atmósfera. Con esos modelos, se puede pronosticar de acá a un año un Niño y las influencias de ese Niño sobre una región como Argentina. Pero esos modelos globales son muy gruesos. Nosotros acá en el CIMA no tenemos la capacidad para tener esos modelos globales, pero sí para regionalizar y corregir esa información. Entonces, no- sotros, con las metodologías que estamos desarrollando, hemos logrado mejorar predicciones climáticas (que se hacen con dos o tres meses de anticipación de la precipitación) con estas técnicas estadísticas que hacemos, basadas en el conocimiento del clima regional.
–¿Qué tipo de precisión tienen las predicciones?
–Antes no había nada de calidad. Se suponía que la atmósfera era caótica y que del momento presente a cinco o diez días no podía saberse nada. Pero eso es si uno observa la atmósfera sola. Con el océano, uno puede aumentar la calidad de los pronósticos notablemente. Con un Niño, se puede pronosticar con muy buena calidad con unos seis meses de anticipación. Pero luego la influencia del Niño en un lugar como Argentina es difícil de medir cuantitativamente. Que va a llover más en una primavera con el Niño es una predicción cualitativamente buena. Pero cuantitativamente la calidad de los pronósticos no es muy buena, aunque se está avanzando.
–¿Pero ya pueden tomarse decisiones de siembra, por ejemplo, en base a los pronósticos?
–Ese es nuestro desafío. En los años Niño, el pronóstico va a tener una calidad alta. El verano del año ’98, por ejemplo, llovió dos veces más que lo normal. Con nuestro modelo, pronosticamos que iba a llover tres veces más que lo normal, con lo cual no estuvimos tan mal. Pero el tema no son los años Niño, sino los otros.
–Alguien me dijo alguna vez que la atmósfera no tiene memoria. Pero que el suelo sí la tiene.
–Ahí viene otra parte. En los océanos nosotros tenemos mucha fuente de memoria. Hay otros dos océanos que a nosotros nos influyen. Uno es el Indico Ecuatorial: si se producen cambios allí, tienen influencia en Sudamérica a través de trenes de ondas en la atmósfera. Eso se desarrolla en escala de meses. Tenemos ese conocimiento de las investigaciones climáticas, pero los modelos de predicción todavía no ven muy bien este forzante del Indico. En cambio, están bien calibrados para medir lo del Pacífico. Ahora nosotros estamos generando herramientas regionales para poder incorporar la información del Indico en modelos estadísticos.
–Pero los modelos estadísticos suponen que las cosas no varían...
–Sí, es cierto, pero piense que estamos avanzando en los conocimientos sobre un terreno en el que no hay prácticamente nada de desarrollo.

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