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domingo, 16 de diciembre de 2012

Nelson Mandela, gracias por siempre

Año 5. Edición número 239. Domingo 16 de diciembre 2012

Resulta estremecedor: Graça Machel advirtió hace pocos días que la vida de Nelson Mandela se está apagando. Graça es mozambicana, fue la esposa de Samora Machel, el presidente revolucionario de Mozambique que murió en un accidente de aviación y que, años después, cuando Madiba –como se conoce a Mandela– cumplía 80, se casó con él. Estos últimos apacibles y retirados años de uno de los hombres más importantes del siglo XX, Graça estuvo a su lado, ambos empeñados en las campañas por los derechos de la niñez, en la lucha contra el VIH y en el acompañamiento de cuanta campaña humanitaria los convocara. Sin embargo, mientras Madiba se apaga no se oyen voces clamorosas que pidan vigilias por la salud de este gigante. No se ven inundadas las páginas de los diarios recordando las miles de historias que ennoblecen al género humano por tener a un espécimen de excelencia como éste.
Mandela es, como pocos, la muestra de lo artificiales que son las fronteras por nacionalidad, raza o idioma. Nació en una aldea de la tribu xhosa, la mayoritaria en Sudáfrica, y por pertenecer a una familia de linaje dentro de su comunidad alternaba nueve meses en escuelas donde convivía con chicos negros originarios de otras tribus, chicos blancos o mestizos. Pero tanto en verano como en invierno pasaba un total de tres meses en su aldea. Madiba siempre señala que, hasta sus 23 años, cuando se recibió de abogado, lo marcó la cultura tribal. Estaba marcado para ser líder por el lugar de privilegio social en su comunidad y por ser, al mismo tiempo, un negro desclasado en la Sudáfrica blanca, esclavista y xenófoba. Desde su paso por las aulas del colegio secundario, Madiba fue dirigente estudiantil y participó de las luchas por los derechos civiles al tiempo que era un deportista destacado, con predilección por el boxeo. La primera vez que conoció la privación de libertad fue por entrar a hacer pis a un baño reservado para hombres blancos. Pasó un día en la comisaría sin saber que, al comenzar el siglo XXI, pasaría a la historia por convertirse en el dirigente político que más tiempo pasó en prisión: la friolera de 27 años. Pero lo más notable de Madiba fue que ese tiempo le sirvió para modelarse como el hombre que entró a la cárcel por ser el jefe de La Lanza de la Nación –como se llamaba el brazo armado del Congreso Nacional Africano– y al poco tiempo de salir era electo como el primer presidente en elecciones en que los hombres y mujeres de raza negra podían votar. Pero hubo más, porque al año siguiente de ser electo, de cara al racismo de los blancos de tradición afrikáner, se plantaba como el hombre que estimuló a la selección sudafricana de rugby –con nueve de cada diez jugadores de color blanco– para que conquistara la copa del campeonato mundial que se jugaba justamente en Sudáfrica. La foto de Mandela con el capitán François Pienaar recorría el mundo como una señal de integración y de tolerancia del líder de las mayorías negras con aquella minoría blanca que había sometido al esclavismo durante generaciones a los pobladores originarios por el solo hecho de tener el pelo rizado y una piel de tonalidad oscura.
Madiba tenía 77 años cuando se abrazaba con el gigantón Pienaar. Cuando tenía 44 y había asumido la jefatura de La Lanza de la Nación, había partido al norte de África para entrenarse en el manejo de armas, explosivos y la dura vida del entrenamiento de combate. Anduvo por Etiopía y recuerda, en su diario de ese año 1962, lo que era dormir en el monte y escuchar el rugido de los leones o marchar con el sol a pique haciendo instrucción con la sola idea de volver a Sudáfrica y emprender la difícil decisión de pelear con las armas. Una decisión que significaba un quiebre con la vieja dirigencia del Congreso Nacional Africano del que formaba parte. No era una decisión apresurada sino la reacción a la ferocidad del régimen que, dos años antes, había ordenado el ametrallamiento de una demostración pacífica. Decenas de hombres, mujeres y niños fueron muertos en las calles en la llamada Matanza de Sherpaville y el gobierno blanco, a los pocos días, en vez de pedir perdón decidió prohibir toda actividad política que no fuera la de las organizaciones blancas identificadas con el régimen del Apartheid.
Mandela conoció en ese 1962 las penurias de los argelinos que perdieron cientos de miles de compatriotas en la resistencia a los franceses, a quienes vencieron, finalmente, en ese año en el queMadiba pisó Argelia. Leía a Mao para interiorizarse de La Larga Marcha, a Clausewitz para entender la guerra moderna, a Menajen Beguín para entender las tácticas de la guerrilla judía contra los británicos. Y estaba al frente de miles de resistentes sudafricanos que no eran sólo negros sino mestizos o de orígenes indios e incluso blancos. La lucha en la clandestinidad, para Madiba, duró poco: a los dos años fue capturado y los diarios se jactaban de llevar un proceso judicial ejemplar contra la encarnación del mal. Eso era Mandela para el régimen. Lo sometieron a una pantomima judicial y lo enviaron a la temible cárcel de Robben Island. Al cabo de 11 de los 17 años que pasó en esa prisión, le envió una carta a Winnie, su esposa. Ese texto, mirado a la distancia, ahora que su vida se apaga, puede verse como la palabra de un sabio templado para terminar en paz sus días en la Tierra y para dejar enseñanzas a quienes tomen a Madiba como un ejemplo de lo que significa desafiar la injusticia sin buscar a cambio nada más que una recompensa espiritual.
“La celda es un lugar idóneo para conocerte a ti mismo, para indagar con realismo y asiduidad cómo funcionan tu propia mente y tus sentimientos. Al juzgar nuestra evolución como personas, solemos centrarnos en factores externos como la posición social, la influencia y la popularidad propias, la riqueza y la formación. Sin duda, esos parámetros son importantes al evaluar el éxito de uno mismo en cuestiones materiales y es perfectamente comprensible que mucha gente se esfuerce especialmente en cumplirlos. Sin embargo, los factores internos pueden ser aún más cruciales a la hora de evaluar el desarrollo como seres humanos. La honradez, la sinceridad, la sencillez, la humildad, la generosidad sin esperar nada a cambio, la falta de vanidad, la buena disposición son la base de la vida espiritual de una persona. La evolución en cuestiones de esa índole es inconcebible sin una introspección seria, sin conocerte a ti mismo, sin ser consciente de tus puntos débiles y tus errores. Al menos, aunque sólo sirva para eso, la celda te da la oportunidad de analizar a diario tu conducta, de superar lo malo y de potenciar lo bueno que hay en ti. A tal efecto, meditar con regularidad (unos 15 minutos al día antes de acostarte) puede resultar muy fructífero. Al principio te puede parecer difícil definir los aspectos negativos presentes en tu vida, pero el décimo intento puede reportar muchas recompensas. No olvidemos nunca que un santo es un pecador que, simplemente, sigue esforzándose.”
La isla Robben está cerca del Cabo de Buena Esperanza, ahí donde se cruzan los océanos Atlántico e Índico y donde las olas y las mareas no conocen la tranquilidad. Ahí se templó en la paz este hombre. Años después, cuando estaba en una prisión continental y contaba 69 años, Mandela enviaba una carta a las autoridades de la Universidad de Sudáfrica, donde le habían permitido hacer estudios.
“Por la presente solicito estar exento de cursar Latín I por los siguientes motivos: aunque aprobé esa asignatura en los exámenes de matriculación en 1938, y a pesar de haber aprobado un curso especial en la misma materia en la Universidad de Witsatersrand en 1944, lo he olvidado prácticamente todo. Si se me obliga a presentarme al curso, tendré que empezar de cero. A la edad de 69 años, eso será una tarea sumamente ardua. Soy un abogado titulado, y ejercí como tal durante nueve años antes de mi arresto y condena. Si decidiera reanudar mi práctica de abogacía, no se me exigiría primero que tuviera un título en latín. De hecho, no tengo ninguna intención de volver a ejercer en el ámbito legal, como procurador ni como abogado. Incluso aunque pretendiera ejercer en el ámbito legal en algún momento futuro, no es probable que lo hiciera, puesto que estoy cumpliendo cadena perpetua. Si aceptan esta solicitud, propongo matricularme en Política Africana en vez de Latín I.”
Tres años después salía en libertad y en ocho más era electo por mayorías abrumadoras como presidente. Mandela decidió, al cabo de cinco años de mandato, promover a Thabo Mbeki como sucesor. Luego se hizo cargo de los destinos del país el actual presidente Jacob Zuma. No es tarea de un periodista decir lo que cualquier ser humano puede sentir al latir con esta historia: Gracias, por siempre gracias, Madiba.

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