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jueves, 29 de septiembre de 2011

Tierra de promesas, tierra de pérdidas


MUNDO /  La ciudad costera de Tarabya, en Turquía, es el microcosmos de una nación apuntalada en su pasado y con un futuro embriagador. 
Por Melik Kaylan 

Dos terceras partes río arriba del Bósforo, en la costa europea de Estambul, se encuentra Tarabya, una pequeña aldea de restaurantes de mariscos con ventanales. Al frente, rodeando por un diminuto islote, el camino costero resuena con el tráfico de negras camionetas que depositan a sus bellas ocupantes frente a las boutiques de diseñadores. Por detrás, empinadas laderas erizadas de improvisados barrios suburbanos dominan la celebrada vista del Bósforo —y cada vez más suburbios—. No es un lugar de cuento de hadas, ciertamente, aunque sí un gran atractivo para cualquier corredor de bienes raíces. Con todo, Tarabya no siempre fue así. Cuentan que, en la Antigüedad, la hechicera Medea —desconsolada al huir de su patria con Jasón el argonauta— recobró la serenidad al contemplar la bucólica magia de Tarabya y decidió tirar todas sus pociones (de allí el nombre de la población, "Therapia", en el griego original). 

Unos tres mil años después, durante mi infancia, en la década de 1970, todavía era posible creer en el mito de que ese lugar era capaz de sanarnos. Como suspendidos en la luz del mar, altos árboles coronaban los acantilados que sirven de fondo a las barcas pesqueras y los artríticos muelles, cual silenciosos yalis marinados en historia. Los bosques se extendían hasta la orilla del río. Parecía que todo en Tarabya estaba estrechamente vigilado por fantasmas. Ahora, el genius loci está más atento a los bienes raíces que a los terrenos sagrados, y la Medea moderna llegaría seguramente de noche para disfrutar de incomparables platillos de pescado con sus amistades globales y destapar su Zoloft cotidiano antes de encaminarse a los titilantes centros nocturnos que bordean el Bósforo. ¿Quién sabe cuál Medea es más feliz? 

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