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sábado, 24 de septiembre de 2011

Fukushima, seis meses después


Año 4. Edición número 174. Domingo 18 de septiembre de 2011
Decenas de miles de personas, entre ellas el premio Nobel de literatura Kenzaburo Oe, se concentraron esta semana para protestar contra la energía nuclear. Mientras tanto, alrededor de la planta atómica afectada por el tsunami sólo viven animales salvajes.
Por haber hablado de «ciudades fantasma» refiriéndose a los municipios cercanos a la central nuclear de Fukushima Daiichi, el ministro de Industria japonés, Yoshio Hachiro, se vio obligado a presentar la dimisión. Por mucho que la expresión resulte chocante, lo cierto, por desgracia, es que refleja la situación concreta de una zona en la que no viven más que animales salvajes y plantas y en la que determinados lugares están tan contaminados que nadie va a poder residir en ellos hasta no se sabe cuándo. Un artículo del periódico The Japan Times del 9 de abril utilizó las mismas palabras para referirse a un barrio del municipio de Minamisoma, situado en la prefectura de Fukushima. Yoshio Hachiro no ha hecho más declaraciones, pero ocurre que en Japón llamar las cosas por su nombre puede llegar a considerarse una falta muy grave.
Si el desastre atómico de Chernóbil se convirtió rápidamente en un problema internacional debido a que la nube radiactiva, proyectada a gran altura, dio la vuelta al mundo provocando intensas lluvias radiactivas en toda Europa, la situación de Fukushima es muy distinta: la parte fundamental de la contaminación se ha concentrado en el nordeste de Japón, con consecuencias dramáticas, pero de carácter local. Por ello existe el riesgo de que fuera del archipiélago nipón no se tengan en cuenta las principales consecuencias de la catástrofe de Fukushima.
¿Cómo afecta la radiactividad a los habitantes de la región de Fukushima?
Para más de 100.000 personas, la primera consecuencia práctica es la pérdida de su vivienda. Según cifras del Gobierno japonés, poco después del accidente fueron evacuados 80.000 residentes de la zona situada dentro de un radio de 20 kilómetros de la central. Posteriormente se efectuaron más evacuaciones debido a que la contaminación no se distribuyó de forma regular y determinadas zonas situadas a más de 20 kilómetros se vieron muy afectadas. Según el periódico Mainichi, más de 100.000 habitantes de 12 ciudades y pueblos de la prefectura de Fukushima tuvieron que desplazarse y no podrán volver a sus casas porque estas se hallan en la zona prohibida o en regiones adyacentes demasiado contaminadas para poder residir en ellas. Minamisoma, cuyo territorio se encuentra en parte dentro del radio de 20 kilómetros, ha tenido que evacuar a más de 25.000 de sus habitantes; 20.000 han tenido que abandonar Namie, situada justo al borde de la zona prohibida.
En la zona prohibida ya no circulan —aparte de los operarios que trabajan en la central nuclear— más que animales salvajes. Un millar de reses abandonadas viven en estado salvaje en la zona de exclusión, según un recuento de las autoridades de la prefectura de Fukushima. Hace un año había registradas en esta zona 3.500 cabezas de ganado bovino, 30.000 cerdos y 440.000 aves de corral. Según dichas autoridades, casi todos los cerdos y pollos han muerto de hambre.
Por otro lado, de acuerdo con los datos del Mext, una quincena de lugares cercanos a la central registran unos niveles de radiación que comportan una dosis anual de 100 mSv (milisieverts), cuando el límite autorizado normalmente es de 1 mSv para el público y de 20 mSv para los trabajadores de centrales nucleares. En 35 lugares, el nivel sobrepasa este límite de 20 mSv. Al parecer, hay sitios en que la contaminación alcanza hasta 500 mSv. Un mapa publicado por el Gobierno japonés y reproducido en Mainichi el 2 de septiembre muestra un flujo récord de 368 micro Sv por hora en Futaba, al norte de la central.
Un plan de descontaminación a largo plazo, divulgado por el Gobierno el 26 de agosto, pretende reducir el nivel de exposición en las zonas habitadas a 1 mSv anual. Sin embargo, la reducción prevista no es más que del 50 % en los dos próximos años, cuando el límite actualmente autorizado para los escolares de la región de Fukushima es de 20 mSv al año, el mismo que para los trabajadores de EDF (la principal compañía pública francesa de electricidad).
Los habitantes que todavía residen en la prefectura de Fukushima y las prefecturas vecinas, como Miyagi o Ibaraki, también registran una contaminación de los productos agrícolas. El arroz es objeto de comprobaciones continuas para detectar una posible radiactividad y se ha detectado cesio radiactivo en espinacas y lechugas, y más recientemente en carne bovina. El 8 septiembre se midieron niveles de cesio superiores al límite legal en bovinos en la prefectura de Iwate, colindante con la de Miyagi. En Nikko, ciudad situada a 140 kilómetros de Tokyo, en la prefectura de Tochigi, un ciervo salvaje capturado por unos cazadores resultó estar contaminado por una cantidad de cesio superior al límite permitido para la carne comercializada. Los cazadores no venden sus presas, pero el incidente ilustra la amplitud de la contaminación, ya que Nikko se halla a más de 100 kilómetros de Fukushima.
Los productos del mar también encierran un riesgo, dado que las fugas de líquido han provocado una fuerte contaminación del agua marina en las zonas adyacentes a la central. Tepco había cifrado en 4.700 terabequerelios la radiactividad producida por el yodo y el cesio emitidos en abril y mayo. Un nuevo cálculo efectuado por científicos de la Agencia japonesa de energía atómica y la Universidad de Kyoto dio 15.000 terabequerelios, más del triple que la cifra de Tepco. La diferencia se explica en parte por el hecho de que Tepco no tuvo en cuenta más que las descargas de líquido realizadas directamente al océano, mientras que los científicos también incluyeron las emisiones atmosféricas que posteriormente cayeron en el mar con la lluvia. En todo caso, está claro que el medio marino se ha visto muy afectado, como revela el descubrimiento de dos ballenas contaminadas por cesio radiactivo frente a Hokkaido en el pasado mes de junio.
Se han realizado análisis de orina de diez niños y adolescentes de 6 a 16 años de edad que vivían en la prefectura de Fukushima antes del accidente. Nueve de ellos fueron evacuados a otras regiones de Japón, el décimo pudo quedarse. Se llevaron a cabo dos series de análisis, a finales de mayo y luego dos meses más tarde. Resultado: el nivel de cesio 137 medido en las muestras de orina de los nueve que abandonaron Fukushima descendió entre un 20 y un 70 %, mientras que en el caso del niño que permaneció en la prefectura de Fukushima aumentó un 11,5 %. El grupo de ciudadanos japoneses que organizó estas pruebas solicitó la ayuda de la asociación francesa Acro. El incremento del nivel de cesio en la orina del niño que permaneció en Fukushima pudo deberse al consumo de alimentos y agua contaminados.
Por último, un sondeo de Kyodo news realizado el 9 de septiembre revela que el 90 % de las personas desplazadas, muchas de las cuales viven en las prefecturas colindantes con Fukushima, ignoran dónde van a instalarse más adelante. El accidente nuclear ha alterado completamente su vida por mucho tiempo.

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