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jueves, 24 de marzo de 2016

NO SÉ QUÉ ME DUELE MÁS

foto del perfil de Luis Pedro Videla


NO SÉ QUÉ ME DUELE MÁS
Me duele Francisco “Paco” Urondo
y esa manera suya de hacer poesía,
de encajarme bien profundo un ideal,
mostrándome la injusticia cotidiana.
Me duele extrañar a don Germán, el de “Gatito”,
ese viejo Oesterheld, de “El Eternauta”,
que yo esperaba siempre cada jueves
cuando mi viejo regresaba del trabajo.
Echo de menos al señor Rodolfo Walsh,
sus novelas policiales y sus denuncias
contra los impecables, sus chanchullos,
y los fusilamientos de “la Libertadura”.
Me duele Jorge Mendé, Julito Troxler,
el gordo Busquet, la hermosa Silvia,
el irlandés Murphy y su sonrisa,
el papá de la Donda, asesinado por Caín,
sangre de su sangre, su propio hermano.
Me duele no poder olvidarme de Cristina,
esa prima atrevida de mi novia adolescente
con la que compartimos el juego de la copa,
el té de los sábados, los Beatles y la playa.
Me duele el basural de José León Suárez,
la resistencia peronista, el Cordobazo,
la Masacre de Ezeiza y Tucumán.
El Olimpo, la Escuelita y la Calera,
la ESMA y los fantasmas que la habitan.
Hasta siento la muerte del Lobo Vandor,
–y es decir mucho–, los curitas Palotinos,
las monjas francesas y la sueca equivocada.
Me duele la traición del “Ángel Rubio”
en el que creyó Azucena, casi ingenua.
Me duelen los vuelos, los tiros en la nuca,
los cuerpos desmembrados en un potrero
y los gritos espantosos de los atormentados.
Me acuerdo de todo –¡vaya si me acuerdo!–,
quizás por eso me duele más la indiferencia
de todo un pueblo que hace de un mundial,
gesta patriótica y asunto de orgullo nacional,
pero se olvida que algún día esta tierra fue
esperanza de pobres, exiliados, fugitivos,
de todos los hombres de buena voluntad,
que llegaron buscando paz, pan y dignidad.
Me duele tanta muerte, me duele la tortura,
me duelen los gritos y las desapariciones;
los hijos que no conocieron a sus padres,
y las abuelas que aún buscan a sus nietos.
Hay días en que no sé qué me duele más:
si la historia trágica de nuestro pasado,
esa forma nuestra de mirar para otro lado,
o la tragedia que nos destina el porvenir.
Un pueblo que no revisa toda su historia corre el riesgo de quedarse anclado en el pasado, sin atreverse a enfrentar el presente e hipotecando el porvenir, que es más o menos así la forma en que lo dijo un pensador, quiérase o no.
© 2016, Luis Videla

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