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viernes, 4 de mayo de 2012

04.05.2012 | son unos 5 millones cuyo futuro depende del resultado Los inmigrantes en Francia no votan pero inciden en las urnas Mientras el presidente Sarkozy endurece el discurso para captar los votos de la derecha xenófoba, el socialismo mantiene una posición ambigua: no reprimiría pero no legalizaría.

Millones de personas en Francia no irán a votar en el ballottage presidencial, pero esperan con ansias el resultado del próximo domingo. No pueden votar aunque su futuro depende de lo que digan las urnas. Son extranjeros, pero viven hace años en el país. Trabajan, estudian, pagan los impuestos y algunos hasta ya se jubilaron, pero la sociedad francesa los sigue viendo como inmigrantes. Cerca de 3 millones de extranjeros viven hoy, según cifras oficiales, con permisos de residencia y se estima que alrededor de 1,4 millones no tienen papeles. 
Durante la campaña, la inmigración fue un tema abusado y manipulado por la derecha, y apenas mencionado por el socialismo. El candidato opositor y favorito en todos los sondeos, François Hollande, no parece cómodo cuando le preguntan por su posición, especialmente después que la extrema derecha se impuso como la tercera fuerza nacional con un histórico caudal electoral de más del 18%. Promete el voto en las elecciones municipales para los extranjeros con más de cinco años de residencia, pero sostiene que será implacable con los llamados “sin papeles”. “Los inmigrantes en situación irregular serán devueltos a la frontera”, aseguró en los últimos días. 
Mientras que la inmigración es un tema central para la derecha con su llamado a preservar “la identidad nacional”, el socialismo mantiene una posición más ambigua. Los franceses socialistas dicen ser universalistas y defienden verbalmente el principio de la igualdad por sobre todo, pero la vida cotidiana muestra otra cosa. “Nunca existió en Francia una política de integración. Es una hipocresía. La sociedad francesa los critica por fomentar el comunitarismo, pero al mismo tiempo discrimina a los que vienen de afuera y los empuja a quedarse dentro de sus propias comunidades”, explicó a Tiempo Argentino Marie Hénocq, de CIMADE, una organización francesa que defiende los derechos de los inmigrantes en el país y lucha por una política de hospitalidad. 
Para Hénocq hay diferencias entre las propuestas electorales de Sarkozy y Hollande, pero los dos parten de una visión negativa del inmigrante: “Tienen la convicción de que la inmigración es un problema.” Sarkozy no lo esconde. Como ministro del Interior primero y luego como presidente impulsó y consiguió aprobar cuatro reformas de inmigración en los últimos nueve años. La evolución fue constante: naturalizaciones casi imposibles, permisos de residencia cada vez más difíciles de conseguir, expulsiones y detenciones masivas de inmigrantes, y una creciente pérdida de poder de la Justicia en ese proceso en detrimento de los prefectos, las autoridades regionales elegidas a dedo por el presidente.
Hollande, en cambio, promete hacer de las detenciones de inmigrantes la excepción y no la regla, y transparentar y facilitar el trámite para la inmigración legal. De integración, sin embargo, ni una sola palabra. La omisión no es casual. El socialismo es coautor de la política de aislamiento y encierro de las comunidades inmigrantes, y Hollande ya demostró que no será la excepción. 
En febrero pasado en una entrevista televisiva, el candidato socialista rechazó la estigmatización que sufrieron los gitanos durante el gobierno de Sarkozy, y propuso permitirles que se instalen en el país, pero de forma planificada: “que haya campos creados por nosotros para evitar que estas poblaciones se instalen en cualquier lado”, había explicado el líder socialista. La idea de los campos no es muy distinta a la que impulsó décadas atrás la construcción de los barrios de los suburbios parisinos, en los que hoy el 95% de la población es inmigrante y muy pocos franceses se animan a visitar.  
En la elección del próximo domingo los votantes decidirán sobre la continuidad del modelo económico liberal de Sarkozy y la alianza con Alemania, basada en la austeridad presupuestaria europea. Pero para los inmigrantes lo que está en juego es otra cosa: la continuidad con expulsiones y detenciones masivas, y un discurso racista explícito, o un cambio hacia una política migratoria más amable, con más permisos de residencia, pero con la misma segregación social cotidiana.  <

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