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lunes, 19 de marzo de 2012

Mujer tenía que ser



Esta semana que termina está cargada de historia. No sólo porque, 38 años atrás, fue la que terminó de hilvanar las últimas puntadas del golpe de Estado más cruento y más retrógrado del siglo XX en la Argentina, sino porque recién en esta última semana la perversa figura del avenimiento saltó de las páginas policiales a las de política. Ésta es una manera de abordar, en jerga periodística, cuántos rasgos machistas y conservadores tienen la vida cotidiana y, sobre todo, la maquinaria estatal nacional. Pero antes de entrar en la historia conviene subrayar que estos días, quizá más que nunca, el ambiente se carga de oxígeno y de desafíos: el fin del avenimiento, la defensa de las mujeres que puedan terminar con un embarazo producto de una violación, el avance sobre los intereses privilegiados de la renta petrolera en manos privadas, la necesidad de esclarecimiento de la tragedia de Once, la confesión antisemita del diario de los Mitre, así como el debate sobre cómo debe ser la relación entre la Ciudad de Buenos Aires –el distrito más rico del país– y la Nación, constituyen algunos de los temas que ponen en evidencia la vitalidad del proceso de cambio iniciado el 25 de mayo de 2003.
Aún hay importantes sectores de la supuesta dirigencia argentina que no quieren enterarse que los votos del 23 de octubre fueron para una mujer que, además de peronista, había quedado viuda. La doble condición viene al caso porque este artículo se propone bucear en algunas cuestiones del inconsciente colectivo de la sociedad pastoril, colonial y eclesial que todavía tiene la identidad argentina. Como cuando Rosendo Fraga, antiperonista visceral, se apresuró a publicar en La Nación que tras la muerte de Néstor Kirchner llegaba el vacío de poder. Quiso emular a Claudio Escribano, ex vicedirector de ese matutino, quien había pifiado con otro pronóstico escalofriante allá por principios de 2003. Escribano, al igual que Fraga fueron parte de los civiles de la dictadura; publicó una frase para la historia: Argentina decidió darse gobierno por un año. Así de críptica era la sentencia como claro el programa para que el santacruceño pudiera seguir en la Casa Rosada, consistente en someterse al FMI y sus socios locales.
Pero tanto o más delicado que los factores de poder antiperonistas resulta el enfrentamiento verbal declarado de Hugo Moyano hacia Cristina. Lo hizo muchas veces, el último fue en su diálogo con Nelson Castro en esta semana. No es preciso ser psicoanalista para interpretar lo burdamente machista que resultó una de sus frases centrales: “No es la CGT la que se aleja o se acerca a los gobiernos sino al revés”. Leído en clave de prejuicios de los que muchos abjuran, Moyano, que es hombre, está en el centro de la escena y Cristina, que es mujer, es la actriz de reparto. Leído fuera de los poderes corporativos en una democracia vapuleada pero orgullosa, el líder camionero parece quedar afuera de un año político en el que las claves son las mujeres y los jóvenes. ¿No será hora de que muchos dirigentes gremiales se pregunten por qué, salvo el fugaz pasaje de Susana Rueda por un triunvirato, no hay mujeres en las primeras líneas? O, acaso, ¿no están peor pagas las trabajadoras que hacen labores equiparables a las de los hombres? Todavía, muchos lugares de asistencia y secretaría están concebidos como espacios laborales para mujeres lindas que trabajen para hombres ejecutivos. La resistencia al cambio en los espacios de delegación tiene un fuerte componente machista.
Está claro que someter a una sociedad a una regresión conservadora es más fácil que avanzar en una transformación que empodere a los débiles. Por eso, más allá de las mayorías parlamentarias y la legitimidad de origen, la Presidenta necesita mucho diálogo, mucha participación y mucho apoyo. El vacío opositor no sólo es muestra de falta de propuestas de otros sectores políticos. También pone sobre el tapete el estado de inoperancia de los partidos políticos, incluyendo el Justicialista. Sería ingenuo desconocer las peleas internas dentro del Gobierno, peleas que en muchos casos no se deben a debates de modelo o de políticas públicas, sino de nichos de conveniencias personales o de lealtades con grupos empresariales. En ese sentido, lo que molesta a muchos es que Cristina haya recurrido a la comunicación directa con el pueblo o con intendentes o dirigentes sindicales a través de sus apariciones en actos públicos televisados. Es cierto que, en términos de comunicación, se resguarda más la figura presidencial cuando hay voceros o intermediarios. Pero son tantas las cosas que están cambiando que no parece ser claro cuáles son los tejidos colectivos –partidos, organizaciones sociales o sindicales, grupos juveniles– que puedan convertirse en el actor plural que le dé continuidad a la profundización del cambio. Dicho de modo más simple: no está en juego, como quieren hacer valer los comunicadores del establishment, la re-re, sino la consolidación de fuerzas políticas que expresen este momento. Está claro que Cristina busca eso apasionadamente y que si siembra en la juventud y en las mujeres es porque sabe leer la dirección del cambio. Hay una cita que tiene convocatoria diversa: el 27 de abril, cuando se cumplan los nueve años del flaco 22% con que el Flaco llegó al poder. En Vélez Sarsfield no estarán ni el Pistola ni el Tigre ni el Rifle (sobrenombres conocidos de dirigentes y jugadores del Fortín), sino una mujer sobre la cual recae la conducción de la Nación.
Felipe Pigna. La media sanción para derogar esa figura de sometimiento –supuestamente voluntario– de una mujer ultrajada y violada es la prueba más evidente de que la Justicia argentina mantuvo vivo un hábito que proviene de la cultura misma de la conquista americana por parte del imperio español. Y no hubiera saltado de los expedientes judiciales al recinto del Senado sin el crimen de La Pampa. Repasemos: hace unos meses, en La Pampa, Carla Figueroa, tras ser violada y golpeada por su compañero sentimental, Marcelo Tomaselli, decidió avenirse. Es decir, Tomaselli estaba preso por ello, pero sus abogados y jueces colaboraron a que Figueroa desistiera. ¿Cómo? ¡Casándose! Porque el Código Penal tiene el artilugio de que una sacrosanta institución machista como el matrimonio convierte, por arte divino, un delito público en una acción íntima y privada. Tomaselli fue más allá del favor que les daban los letrados: salió y mató a Figueroa. Tras la media sanción del Senado, el presidente de la Comisión de Legislación General, Pedro Guastavino dijo: “Es difícil comprender que alguien que fue abusada, violada o sometida con violencia pueda establecer un vínculo de igualdad con su victimario”. Tan difícil de entender como el hecho de que siempre fue así y que la violencia familiar para muchos sigue siendo un hecho privado, íntimo y no un crimen.
Un ejemplo patente de esto está en el fallo de la Corte Suprema sobre el caso de AG, una chica de 15 años que fue violada por su padrastro en octubre de 2010 y a quien un juez de primera instancia no instruyó la realización del aborto negado en una clínica pública para que AG pudiera salir del infierno que constituía esa gestación. Peor aún, la Cámara confirmó el fallo con un agregado perverso: la sentencia se conoció el 8 de marzo de 2011, día de la Mujer, con los votos favorables de los dos jueces y la disidencia de la jueza que integraba el tribunal. AG terminó con su embarazo en una clínica privada pero convivió, hasta ahora, con la condena social. La Corte puso blanco sobre negro pero el Código Penal sigue escrito de la misma manera: habla del aborto para mujeres dementes o idiotas, con categorías medievales y clericales.
El historiador Felipe Pigna, con la metáfora de los mitos, permitió que miles y miles de jóvenes –y no tanto– se dieran cuenta que los reyes magos Mitre, Levene y Romero no existen. Muchos años después, empezó una travesía más difícil: ponerle sexo a la historia. Su último libro, Mujeres tenían que ser, es un verdadero aporte antropológico y cultural, además de una descripción de protagonistas centrales de la historia americana. Pigna dijo que se dio cuenta de que la Historia (al menos tal como la entendemos hasta ahora) es misógina. La misoginia –en griego, odio a la mujer– llegó de la mano de la consigna religiosa que identificaba a la mujer con el demonio. Aunque el libro de Pigna llega hasta 1930, su mirada se incrusta en el presente. Dijo en una entrevista cuando le preguntaron sobre la violencia de género: “230 crímenes de género en 2011, más de 10 mil denuncias por mes en todo el país hablan de una situación muy preocupante y de un tratamiento mediático tremendo, donde todavía se habla de crímenes pasionales, donde siempre hay atenuantes para el violador. Donde siempre hay que ver cómo era la vida de la víctima. Se investiga a la víctima, lo más brutal que hemos visto es el caso Candela en el que se investigó la vida sexual de una chica de 11 años. Cosa que en los sectores medios y altos está claramente prohibido y reglamentado pero con una chica de los sectores populares se expuso su vida a todo el mundo”.
Nadie se anima todavía a pronunciar la realidad en la que vivía esa niña a la que una pericia forense descubrió que tenía los genitales de las dimensiones de una mujer adulta. Ni en los tribunales ni en la Bonaerense se quiere avanzar seriamente sobre un caso que parece fatalmente ligado a la prostitución infantil.
Los jóvenes. Tiene una lógica impecable sospechar de cualquier cosa que salga “de las entrañas del poder”. Lo dicen muchos militantes juveniles de agrupaciones K que, en muchas facultades, no logran hacer pie en la conducción del Centro de Estudiantes. Se quejan de que el bar o la fotocopiadora está en manos de Franja Morada y que ellos no tienen ni cargos ni plata para financiar la política. Mucho peor la pasan los del Evita o del Frente Transversal o de Kolina que en los barrios populares apenas consiguen paliar situaciones de injusticia cuya causa última es la pobreza o el atraso. Cada una de los casos donde una necesidad no se convierte en un derecho golpea la moral ciudadana. Pero también consolida la visión militante. Quizá donde mayores éxitos cosechan los comunicadores del establishment es en golpear con las supuestas prebendas de los jóvenes de La Cámpora. Pero a falta de poder mostrar negociados o abusos de poder, La Nación se decidió a poner en tapa la triple condición denostable del viceministro de Economía Axel Kiciloff. Por marxista, hijo de psicoanalista y bisnieto de rabino. A juicio del historiador, periodista y ex agente de la Side Carlos Pagni, tres atributos “dogmáticos”. No faltan, para quien escribe estas líneas, preocupaciones sobre los riesgos que pueden acarrear las construcciones políticas “desde arriba”. Pero este cronista también puede dar testimonio, como miles y miles de argentinos (y argentinas), de lo difícil que era construir desde abajo para enfrentar a los poderosos. Tan difícil que hubo un genocidio para tratar de terminar con esa costumbre de desafiar a los dueños de la Argentina.
Esta semana salió el petróleo del subsuelo. Como dicen que brota ese hidrocarburo cuando las brocas llegan hasta el yacimiento: desparramando líquido negro con fuerza. El acto en el límite de Chubut y Santa Cruz, con gobernadores, líderes políticos y sindicales, carteles y voces de entusiasmo sea, quizás, el inicio de una épica. Pero es más probable que se parezca a una lenta y difícil partida de ajedrez que a una batalla. El petróleo es negro pero los intereses en juego son demasiados, y hay demasiados grises. No se equivocó Carlos Menem en apelar a los beneficios para las provincias que dejaba la perversa entrega de YPF. Como un reflejo de sus años en que quería ser el federal Facundo Quiroga, el riojano desarticuló una herramienta de poder soberano nacional y les dio recursos a estados federales que, al día de hoy, no van a querer resignar a favor de una nacionalización. No sólo los neuquinos o mendocinos sino también los santacruceños, núcleo principal del Gobierno Nacional actual. Está claro que los directivos de Repsol –hasta el rey de España, su principal lobista– no esperaban el quite de concesiones anunciado la semana pasada y seguirá en la que se inicia. Pero tampoco hay una línea única. Chubut, por ejemplo, decidió poner la operación en manos de una empresa provincial, mientras que Santa Cruz anunció que la dará a otros empresarios privados. A 20 años del inicio de la lenta destrucción de YPF, hoy hay una realidad de intereses complejos en juego. Donde la transparencia no sobra y donde el petróleo, a 125 dólares el barril, no puede ser parte de juegos mezquinos. Es un gran desafío para los años que vienen y todo indica que no es bueno perder tiempo para avanzar en un cambio soberano.

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