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domingo, 3 de junio de 2012

SANDRA CISNEROS, ESCRITORA EN TRÁNSITO “Estamos viviendo una inmigrafobia”




La autora chicana planea mudarse a México aunque no sabe qué le espera. Feminismo, las “mujeres invisibles” y decepción con Obama. Por qué se aleja de la Macondo Foundation.



Cuando uno se sienta frente a la escritora chicana Sandra Cisneros, de 57 años, que hace rato está festejando el cuarto de siglo de su libro La casa en Mango Street, tiene la impresión de estar frente a una nena. Y no sólo por su dulce voz de acento mexicano-estadounidense, ni porque su escritura transmita una ingenuidad con mucha picardía: esta mujer que busca la sabiduría acepta no saber, tener miedo de todo, no estar segura, y es capaz de contar que siente el poder de la brujería con la seriedad de un chico.

–La casa… está dedicado a las mujeres…
–Que me regalaron sus historias: no podía nombrarlas a todas. Aprendí mi camino político escribiendo este libro. Cuando lo empecé, a los 21, no tenía dirección, y la fui buscando igual que la protagonista, que busca su “ismo” –dice en una sala de reuniones de la embajada de su país, los Estados Unidos.

–¿Cuáles son las cuentas pendientes del feminismo?

–Siempre busco cómo servir a otras y otros explorándome a mí misma. Mi cuerpo y mi vida están cambiando. Estoy en un nivel muy bonito: tengo 57 años para 58 y a mi edad, empiezas a ser invisible a la sociedad si no tienes hijos, no eres abuela… si ves a las ancianas en la calle, nadie les hace caso.

–¿Con los hombres no pasa?

–No. ¿Cuántas veces ves a un hombre mayor en la tele? Casi siempre, pero mujeres mayores no. Y eso te da un poco de poder. Vuelves a ser como fuiste antes de ser mujercita: una niña invisible. La gente habla enfrente de ti y no te hace caso. Además, a mi edad, uno se puede dar el lujo de explorar sus poderes de brujería (baja más el volumen de voz). Puedes explorar lo que es ser sabia y esa sabiduría te sirve mucho en tu arte. Las escritoras que más respeto –Marguerite Duras, Elena Poniatowska, Mercedes Rodoreda– escribieron sus mejores libros de mayores.

–¿Cómo ve aquel libro ahora?

–Estoy orgullosa como una madre con su primer hijo, y es un hijo que sigue trabajando para mantener a su mamá. Los libros son como medicina, cada uno es una receta y este sigue curando y levantando el espíritu a los lectores que lo necesitan.

–¿Y a su autora? 

–Me salió la voz que oía de mi niñez: el español de mi padre, que hablaba un español muy dulce, como de madre. Mi padre fue mi madre, y mi madre, mi padre: ella hablaba un inglés de taxista, bruta, fuerte. Mi padre, todo lo contrario: cosmopolita, hijo de un militar… “no se dice pata, se dice pie”. El español de mi padre, con mucho azúcar y cariño, sin darme cuenta sale en la manera en que escribo en inglés… is not a conscious thing.

–¿La situación de los latinos empeoró desde que era chica?

–Sí. Las revistas latinas siempre dicen “Los ’70, la década de los latinos”. “Los ’80…”, lo mismo cada década, y no mejora la situación. En 2012 (estamos) más fregados que nunca. Después de la caída de las Torres, estamos viviendo una mexicofobia, una inmigrafobia. Aunque algunos de mis amigos llevan trece generaciones en Texas y han estado ahí antes de que los americanos llegaran de Europa y siguen llegando non stop, estamos sin poder.

–¿El triunfo de Obama cambió algo?

–Las cosas empeoraron y son tiempos muy feos para los inmigrantes y para nosotros, ciudadanos que estamos perdiendo derechos civiles. Los latinos votaron para Obama, pero quizás por demostrar que no es un presidente débil, un softy, la situación es peor que con Bush. Hay más deportados, muchas familias separadas, redadas en la frontera, razzias en fábricas, muchos estados cambian las leyes… Me quiebra el corazón Obama, porque es un tiempo difícil para él, pero los latinos hicimos un esfuerzo enorme para llevarlo a la presidencia. No tengo fe en ningún partido.

–¿El hecho de que haya venido a la Feria del Libro gracias a la embajada significa algo?

–Lo bueno es que me invitaron y tengo la libertad de criticar, me reconocen como escritora. Otro presidente quizá no me invitaba. Laura Bush sí, pero yo no iba. Yo tengo que decir mi verdad, por más que quizá no me inviten en el futuro.

–¿Qué conoce de la Argentina?

–Vine hace cuatro años como turista. Quería enamorarme de un bandoneonista, ahora no es necesario. En el tango hay una pasión que debe existir en todo arte y viene de acá (se señala las entrañas). Me encanta Piazzolla: cuando empezó tocaba el piano, hasta que Nadia Boulanger en París lo urgió a tocar el bandoneón. A veces en el arte tenemos vergüenza y si tenemos suerte, descubrimos la parte más esencial que podemos desarrollar. Piazzolla me inspiró tanto como Puig y Borges.

–¿Qué hace la Macondo Foundation, que usted preside?

–Es mi hija. Lo organicé primero como taller en mi comedor. Invitaba a escritores que estaban haciendo un trabajo que deben hacer: servir a la comunidad. Empezó con 15, luego 45, se iba clonando hasta que invité a amigos a compartir alumnos y se hizo una fundación formalmente. Tengo 15 años dándole teta y me cansé de ser madre: puede morir o aprender a sobrevivir, y creo que lo va a hacer.

–¿García Márquez está al tanto de su existencia?

–No lo conozco. La nombré así porque vivo en un pueblo, San Antonio, que parece Macondo: dormilón, muy interesado en lo que está pasando ahí sin fijarse en otras partes del mundo, very provincial.

–Pero se va a mudar a México. ¿Por qué?

–Decía que vivía en Texas por falta de imaginación: la verdad es que era falta de plata, porque es barato vivir ahí. Y ahora tengo miedo de vivir en México, pero quiero intentarlo. Soy cobarde: me da miedo todo, un ratón, la oscuridad, el DF me da terror, pero es mi destino. Mi abuelo huyó de la violencia, yo regreso a la violencia. Voy a San Miguel, en Guanajuato, un pueblo muy colonial donde hay muchos estadounidenses y canadienses.

–¿Cómo la tratan allí?

–Mis amigos son de todo el mundo: los gringos, pero también los que venden cosas en el mercado y trabajan en casa de los ricos. La gente más rica me invita a comer para que les pueda hacer reír; la más pobre a unas enchiladas en el mercado, para regalarme algo, y yo les regalo mis libros, así tengo ambos públicos. Pocas personas pueden decir eso.

–¿Qué espera encontrar con la mudanza?

–No sé qué voy a descubrir, quizá que no soy mexicana. Hay un México verdadero y otro inventado, que existe en las películas y la música. Va a ser la primera vez que yo viva el verdadero: no sé si me va a gustar, si pueda aguantar, pero tengo que explorarlo. Es muy intuitivo, como están escritas mis novelas. La escritura no sale de tu cabeza, sale de tu corazón. Y si eres valiente, puedes seguirla

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