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domingo, 3 de junio de 2012

Gracias por el juego El mejor. Messi metió un golazo, participó de los otros tres y recogió la admiración del público que llenó la cancha para verlo. En el festejo de su grito confirmó que será papá. La Selección Argentina es puntera de las Eliminatorias.


 Ya no existe más la dualidad: aquello del que juega allá y el que juega acá. Esa discusión de que había un Lionel Messi en Barcelona y otro que se viste de celeste y blanco en la Selección. Ayer, las 60 mil almas que se acercaron al Monumental llegaron para ver al zurdo que juega a la pelota como nadie en el mundo. Acá y allá, en todos lados. De a poco, la Pulga se va sintiendo más cómodo con el público argentino, que ya se anima a mimarlo sin esperar que haga alguna genialidad. Ni bien terminó de sonar el himno argentino, todo el estadio se unió en un solo grito: “Olé, olé, Messi, Messi”. Y, al final, tronó el “Que de la mano, de Lío Messi, todos la vuelta vamos a dar...”. Y Lío, el crack, el padre, la figura, devolvió: “La conexión con la gente es terrible.” 
Al rosarino ya le dan el trato que se merecen los ídolos. A los diez segundos de partido tocó la primera pelota, detrás de mitad de cancha, y el público se levantó como pasó en cada córner que pateó el 10 en los 90 minutos de partido. Lo mismo que pasa con Juan Román Riquelme en la cancha de Boca: así es como se trata a las figuras en los campos del fútbol argentino. Y Messi, después de decepcionar en la Copa América del año pasado en suelo nacional, empieza a ganarse ese espacio gracias al nivel que acostumbra mostrar en Barcelona pero también por cómo jugó en los últimos encuentros con la selección, ante Chile, Colombia, Suiza y Ecuador. Y hasta se guardó la confirmación de que será papá para compartirlo en un festejo con su gente, en Buenos Aires, con una pelota bajo la camiseta simulando la panza de su mujer Antonella.
La Pulga brilló como se espera que brillen las estrellas. Jugó sin una posición fija, casi como un armador, volanteando por momentos. En los tres goles argentinos, arrancó como un 10 clásico. En el primero tuvo una participación secundaria, al tirar una pared con Di María, que fue quien habilitó a Agüero. Pero el segundo y el tercero fueron una clase de cómo hacer un gol en el menor tiempo posible que llevaron la firma del número 10. En el tanto de Higuaín, agarró la pelota en el círculo central con la defensa ecuatoriano desarmada, con campo abierto. Y ahí Messi, se sabe, es letal: se llevó dos cafeteros a la rastra y habilitó al Pipita, que definió con clase.
Recién iban 29 minutos. El partido ya parecía liquidado, ya se sabía que el rosarino iba a ser la figura y el público ya se podía volver feliz a su casa. Pero faltaba lo mejor: Lío, otra vez, tomó la redonda en la mitad de la cancha y armó un contraataque mortífero a la velocidad de la luz, que no duró más de cinco segundos y no necesitó más que cuatro toques: uno para acomodar la carrera, otro para pasársela Higuaín, que devolvió de primera para que Messi, a la carrera, la cuelgue de un ángulo. 
A esa altura, las palmas ya habían quedado rojas de tanto aplaudir al crack del Barcelona. Si antes de ese golazo, el Monumental ya se venía abajo para corearlo, ni qué hablar después del 3 a 0. Messi no fue sólo decisivo por sus goles, sino también por cómo contagió a la gente, que ya no espera de él una genialidad siempre, sino que le aplaude cada intento. Cuando el encuentro todavía no estaba abierto, cuando la noche fresca de Núñez amagaba con otra decepción nacional y se empezaban a escuchar algunos murmullos por los constantes pases entre Garay y Fernández, Lío arrancó una jugada como ocho, como en sus inicios en Barcelona, y corrió con la pelota hasta el borde del área. Luego se diluyó, pero sirvió para levantar al público cuando ya se empezaba. Al minuto, llegó el gol de Agüero y empezó la fiesta. Por eso Messi ya se empieza a sentir cómodo cuando juega con la celeste y blanca, porque ya le enseñó a su público a ser paciente. A que le tengan la paciencia que se les tiene a los ídolos. <

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