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domingo, 23 de septiembre de 2012

De la red a la nube (segundo viaje)


Año 5. Edición número 227. Domingo 23 de septiembre de 2012
En el conflicto entre web neutral o web regulada poco a poco los Estados nacionales se definen: desde una neutralidad apenas regulada hasta la regulación policial. Si bien existe la Unión Internacional de Telecomunicaciones (www.itu.int/net/) dependiente de la ONU, la clave está en EE.UU.: allí funciona la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (Icann: www.icann.org) que regula los nombres de dominio; las decisiones del Departamento de Comercio y las sentencias de su Corte Suprema son de hecho resoluciones universales; allí se concentra el mayor poder financiero, industrial, logístico y tecnológico de la web y, desde el atentado a las Torres Gemelas, el control de internet es una política de Estado.
A partir del ataque a las Torres, George Bush instaló un área especial en la Agencia de Proyectos de Investigación, para desarrollar las tecnologías de vigilancia que hoy controlan la mayor parte del tráfico del mundo. Durante la gestión de Barack Obama, el Departamento de Justicia sostiene que no se puede demandar al gobierno cuando espía comunicaciones por razones que hacen al “secreto de Estado”; al mismo tiempo, la CIA invierte en empresas que monitorean web. En forma aparentemente contradictoria con lo anterior, Obama se manifiesta a favor de la neutralidad y de la intervención del Estado para garantizarla. Pero no hay contradicción: quiere una internet neutral pero bajo control del Estado norteamericano.
En última instancia la pregunta es quiénes tienen el poder. En principio lo tienen las empresas de conectividad, las de servicios y los Estados nacionales.
Las venas abiertas de la web. La web no es un ente amorfo que está en todas partes y ninguna. Es un árbol bien concreto, con estructura compleja pero definida: las “hojas” son los pequeños equipos que usan los usuarios finales, las “ramas” son los cables y nodos (puntos de conexión) que relacionan barrios, regiones o ciudades de cada país. El “tronco” es una inmensa red de cables y otros nodos (intercontinentales) que se insertan en las “raíces”, que son unos enormes servidores (PCs inmensas y sofisticadas) en los cuales se alojan el software y los archivos de las empresas que hacen negocios en esta infraestructura (como Google o Amazon). Distintas redes menores (Mercado Libre, Taringa, etc.) funcionan dentro de ese esquema general.
Los mayores centros de interconexión planetaria están en cuatro países: Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Holanda. El planeta se conecta principalmente a través de Nueva York, Palo Alto, Miami, Londres, Ámsterdam y Frankfurt (con Seúl como principal referencia asiática). Al mandar un mail a Madrid, el mensaje (fragmentado en “paquetes de información”) pasará primero por Miami (puerta de acceso de América latina), después por Londres, quizás rebote en Amsterdam y por fin será orientado por el nodo Spanix (ver www.espanix.net, el cuarto nodo de Europa por su tráfico, algo así como cuatro Quijotes por segundo). Y... ¿dónde está la información? En cada PC, tablet o celular y sobre todo en los servidores que conforman las raíces del sistema. (Además, parte de la data circula por ahí todo el tiempo en la enorme red.)
El poder en la web hoy lo tienen los dueños de su infraestructura operativa: las empresas de conectividad (muchas de ellas desconocidas por los usuarios) y algunas empresas de servicios (que almacenan la mayor parte de la información en sus servidores). Las redes recorren el planeta. Los servidores (enormes centros de datos que guardan nuestros mails, amigos de Facebook, twits, la data deWikipedia, el registro de nuestras compras en el supermercado y hasta nuestra historia clínica), están en lugares fríos, donde la electricidad es barata y las condiciones de seguridad mayores que en el Pentágono –como el de Facebook en Prineville (Oregon, EE.UU.) o el de Google en Hamina, Finlandia, donde se enfría el centro de datos con agua de mar.
Un tiburón furioso no podría cortar de un mordisco uno de los tubos de fibra óptica que cruzan el Atlántico, pero se trata de eso, de tubos que conectan el planeta: alguien es el dueño y cobra por ellos. Ni se les ocurre interrumpir el servicio sencillamente porque se trata de un gran negocio. Pero el recurso del lockout de la conectividad planetaria está en sus manos y por eso son quienes ponen las condiciones. Por eso no hay sólo una web sino varias: las FFAA de EE.UU. y otros espacios estratégicos tienen sus propias webs, invisibles e inaccesibles.
Un panóptico planetario. Una forma de compensar los conflictos entre web regulada o neutral, entre empresas de conectividad y empresas de servicios, y sus dificultades con la intervención de los estados nacionales, es la propuesta de la “nube”, el cloud computing,presentada como un nuevo paradigma de las comunicaciones. Creer que este servicio es tan maravilloso como prometen, es como creer que la hermosa modelo viene junto con el auto que vende la publicidad. Esta nueva “revolución” no es otra cosa que el uso de recursos tecnológicos que permiten aumentar la oferta de servicios en la web. O sea, internet pero más fácil. Y con menor inversión inicial para el usuario, que ya no precisaría invertir en hardware. ¿Y qué es la nube? La misma estructura de caños y cables con forma de árbol, asociada a las mismas empresas de servicios (que desarrollaron infraestructuras propias), y que poco a poco se ponen de acuerdo para centralizar en sus colosales centros de datos la información de las personas y las empresas que puedan pagar por el servicio.
Como muchas de las novedades tecnológicas, la “nube” incorpora progresos importantes. No todo es promoción del consumo por el consumo mismo. El problema de estos progresos son sus “costos”. Si la universalización de las redes sociales cambió el paradigma de la intimidad (ya es difícil discriminar lo público de lo privado), la universalización de la nube convierte a la web en un monumental panóptico planetario que al mismo tiempo vigila y vende. Si se desarrolla tal como la promueven, los usuarios (empresas o personas) pierden el control directo sobre sus datos y sobre la seguridad informática. Las empresas de conectividad y las de servicios llegaron a este acuerdo estratégico.
En diciembre, en Dubai, se concretará una conferencia internacional convocada por las Naciones Unidas, con la idea de acordar un sistema global de regulación de la web. Estados Unidos ya adelantó que no aceptará que la ONU incremente su control sobre la red. Y no sería de extrañar que pretenda colocarla bajo los alcances de Consejo de Seguridad. Queda por ver qué harán los países dependientes para defender su soberanía también en el terreno de la amenazante nube digital.

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