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lunes, 8 de agosto de 2016

Por Liliana Chiernajowsky *

El 17 de marzo se cumplió un nuevo aniversario de la desaparición de mi hermano Miguel, asesinado por la Armada. Tenía 21 años, los sueños revolucionarios y la voluntad de cambiar el mundo que marcaron nuestra generación. Sin justicia ni piedad alguna, su cuerpo joven, aún con vida, fue arrojado al mar, sujeto a algún bulto con peso suficiente para garantizar su desaparición eterna en las profundidades inescrutables que oficiaron de silenciosas tumbas. La imagen de ese hecho terrible, indecible e inimaginable, persiguió a mi madre cada día de su vida, manifestándose en conductas como la negativa a la ingesta de pescado, por la asociación que resultaría de mal gusto explicar. Ni la locura en la que finalmente se refugió para escapar del horror de esa imagen, le ha permitido a María olvidar. Cada vez que “se conecta” y logra comunicarse con unas pocas palabras inteligibles, es para recordar y llorar, alucinada, la suerte de su hijo y de esos “pobres chicos y chicas”.
Elijo este modo de abordar el tema a sabiendas de que su lectura puede resultar desagradable y chocante. Pero no deseo despersonalizar la cuestión, ni despojarla de su carga emotiva, porque creo que la distancia y “objetivación” no necesariamente ayudan a acceder a la naturaleza de ciertos temas. En cambio, los argentinos hemos naturalizado tantas cosas, que ya casi nada nos conmueve ni nos interpela intelectualmente.
Cuando leí las declaraciones del vicario castrense, tan claras, explícitas, brutales, necesité un instante para recuperar el aliento y comprender que, efectivamente, se referían a “eso” a lo que me remitieron inmediatamente sus palabras. La fuerza significante de la imagen elegida, reenviando a otra cosa que el texto bíblico usado como excusa, podría ser reconocida automáticamente por quienes, como víctimas o victimarios, sabemos de qué está hablando. Pero me pregunté: ¿será ponderada y condenada por las instituciones democráticas, las autoridades eclesiales, en suma, por una ciudadanía efectivamente consustanciada con los principios democráticos y los derechos humanos?
La pronta respuesta presidencial, lejos de un exabrupto, debe ser rescatada por su enorme valor simbólico. No dejar pasar, no mirar para otro lado o acotarse a tratativas diplomáticas ocultas.
Con ingenuidad tozuda pensé que la Iglesia Católica, ante semejante confesión de parte, esta vez tomaría distancia, condenando explícitamente al representante ideológico de los genocidas. Pero no, sólo hubo defensa corporativa y, en el mejor de los casos, un silencio bochornoso.
Imposible no relacionar los tiempos y modos de funcionamiento de la estructura eclesial con otros hechos históricos (Galileo, Giordano Bruno, los crímenes de la Inquisición, la evangelización, el silencio ante el Holocausto) sobre los cuales la autocrítica, en los casos en que la hubo, se limitó a tibias referencias que requirieron muchísimo tiempo, cuando no siglos, de maduración.
Ese abroquelamiento cerrado alrededor del dogma, esa defensa abstracta de la vida desde la concepción, de la persona por nacer, mientras se tolera o se es cómplice del dolor de las vidas efectivamente humanas.
¿Cómo no pensar que el mayor interés no está puesto en la defensa del derecho a la vida sino en el control de la sexualidad humana?
Digo esto con el profundo respeto que me merecen los que, como los monseñores Hesayne y De Nevares, el obispo Angelelli, los padres palotinos y tantos sacerdotes y laicos anónimos, han dado y dan testimonio de compromiso y consecuencia. Tengo unos pocos amigos católicos practicantes que me conmueven por la fuerza y coherencia de sus convicciones a quienes pido disculpas si los ofendo con mis juicios de valor.
Lamentablemente no puedo referirme en esta breve nota al tema que motivó las declaraciones de Baseotto. El aborto es uno de esos temas que esperan la hora de un debate sincero en la sociedad, despojado de los condicionamientos y la hipocresía con los que habitualmente se lo aborda.Sólo diré que yo aborté. Que defiendo y lo he hecho siempre, el derecho de las personas, sobre todo de las mujeres, a decidir el momento y las circunstancias para dar vida a un hijo. Y que no me arrepiento de haber tomado esa decisión, que jamás es ligera o frívola para ninguna mujer. Lamento que para algunos esta afirmación me haría merecedora de la suerte corrida por mi hermano. En cambio, mi preocupación siempre tuvo que ver con el hecho de no haber podido hacer nada para evitar que la hija que sí quise tener, conociera las cadenas, las capuchas y los gritos de dolor de las mazmorras de la dictadura cuando, siendo muy pequeña, fue secuestrada por la Marina junto a su padre.
Como sabemos, ningún vicario castrense –conociendo como conocían– denunció o se solidarizó jamás con tantas mujeres que, asumiendo la maternidad en condiciones tan adversas, fueron torturadas o muertas con sus embarazos a cuestas y parieron sabiendo que luego serían asesinadas y despojadas de esas vidas que acababan de engendrar.
* Ex presa política.

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