laorejagigante
sábado, 26 de mayo de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
miércoles, 23 de mayo de 2012
En el nombre de Atahualpa
La escena transcurre en un bar de Buenos Aires, a comienzo de los años ’70. Mercedes Sosa, los integrantes del grupo Quilapayún y algunos periodistas toman café y conversan animadamente sobre música y política. Es tarde, todos vienen de una noche de actuaciones y otros fervores y de pronto alguien plantea, a modo de desafío a ser saldado, una pregunta descomunal: ¿Atahualpa Yupanqui o Violeta Parra? ¿Quién es más grande como artista popular? ¿Quién representa más cabalmente a esa América latina que parece estar en su mejor hora?
Rápidamente se suman argumentos de uno y otro lado. Violeta ya no está, pero su nombre no deja de crecer. Atahualpa está, pero lejos, en París. A medida que avanza la noche, la mesa tiende a favorecer a Violeta, si bien por un margen mínimo. No está dicha la última palabra. ¿Quedará sellado un veredicto a favor de la chilena?
Mercedes Sosa ha permanecido callada. Quizá no está del todo cómoda. Ella no es de intervenciones brillantes. Hablando no se siente muy segura; su autoridad está en el canto. Pero de pronto alza la voz, y con un golpe de puño sobre la mesa exclama: “¡Pero déjense de pavadas! Yupanqui es único”. La discusión se apaga de inmediato, y quienes la han fogoneado ahora buscan a tientas, casi avergonzados, otro tema, algún asunto que recomponga enseguida la camaradería latinoamericana.
Al decir que Yupanqui es único, Mercedes no ha dicho que sea más grande que Violeta Parra. Tampoco ha sostenido que sea menor. Lo que Mercedes ha sentenciado de modo inapelable es que no existe medida para Yupanqui. Así de simple, aunque en verdad es un tema muy complejo. A un siglo de su nacimiento, Yupanqui sigue siendo un tema complejo. Fue único no en el sentido humanista con el que decimos que cada ser humano lo es. Tampoco por su talento: la historia argentina abunda en artistas talentosos. La singularidad de Yupanqui refiere a la conformación misma del folclore como género de música popular.
(...) Su figura es tan poderosa, su poesía y su música tan perfectas y su nombre de tan profundas resonancias –Atahualpa Yupanqui es casi una categoría moral del arte, un ideal que enaltece al que lo busca–, que tenemos la impresión de que existió siempre, de que es el clásico de los clásicos de la Argentina. De que siempre, desde el principio de los tiempos, hubo un Atahualpa con su guitarra presidiendo la canción popular de los argentinos. Obviamente esto no es así: ¿no es sorprendente enterarse de que “Luna tucumana”, su canción más famosa, fue grabada por su autor recién en 1957, cuando sus compases habían sido memorizados por más de una generación?
Cuando Atahualpa empezó a grabar discos con cierta frecuencia, a principios de la década del ’40, la palabra folclore tenía alrededor de un siglo de uso. Andrés Chazarreta había debutado en Buenos Aires dos décadas antes y los músicos más destacados de la primera oleada de folclore en la Capital no eran más jóvenes que Yupanqui: él se formó con muchos de ellos, tocando a su lado. ¿No es increíble que su nombre casi no existiera en la prensa de la década del ’30, cuando Gardel ya era un mito nacional?
(...) Si nos atenemos a sus dichos, Yupanqui deseaba convertirse, con los años, en un anónimo. Deseaba desmaterializarse en medio de la correntada del canto popular. En alguna oportunidad, siendo víctima de una férrea censura, asistió a un restaurante donde unos músicos estaban tocando una canción de su autoría. El presentador lo reconoció y se apresuró a anunciarlo: “Acabamos de escuchar el tema de un autor anónimo que nos honra con su presencia”. Décadas más tarde, Divididos hizo una versión medio blusera de “El arriero”. Tal vez alguien creyó que aquella canción era del grupo, o que era tan anónima como “Duerme negrito”, pieza de dominio público que Atahualpa solía cantar. De todas maneras, más allá de la circulación irregular de su repertorio y del escaso conocimiento que se tiene de su vida y sus circunstancias, Yupanqui no se ha hecho anónimo, al menos no todavía. Quizás en otro tiempo, sus canciones sean, finalmente, leyenda sin nombre.
(...) A Yupanqui lo pensamos en relación con un paisaje que no es el de la ciudad. Al escucharlo o al leerlo, nos familiarizamos con un país sin luz eléctrica, sin automóviles y profundamente silencioso, con todo el silencio del que son capaces las piedras, cardones, arenas, algarrobos y aromos, los trigales suavemente mecidos por el viento. Pero Yupanqui no fue un paisajista: los sitios de sus canciones no están despoblados. Por ahí andan indios, criollos y gauchos. Cañeros y arrieros, mineros y peones de estancia. ¿O acaso al escucharlo cantar y tocar “Baguala de Amaicha”, “Minero soy” o “Milonga del peón de campo” no estamos ante las voces de los desposeídos de la tierra? ¿No son ellos los que cantan a través de Atahualpa?
Contra una visión rentista de la Argentina, contra ese nacionalismo territorial al que tantos folcloristas cantaron y le siguen cantando, Yupanqui optó por los habitantes expoliados. Prefirió discernir la composición social de su país antes que celebrarlo como una unidad intemporal. En tal sentido, fue agudamente político. En verdad, no defendió esencias sino más bien le cantó a ciertas temporalidades olvidadas, sus “hilachitas del viento”.
(...) “Un poeta no tiene biografía, su vida está en toda su obra.” A Yupanqui le gustaba repetir la máxima, que él decía haber hallado entre sus libros de poesía española. Pero, si la vida está en la obra, entonces el poeta tiene biografía, sólo es cuestión de saber encontrarla, primero en la obra y luego más allá. Encontrar la biografía en lo dicho por Yupanqui, pero también en lo silenciado; en lo que mostró y en lo que ocultó. Encontrarla suelta en libros, discos, cartas, recuerdos de sus amigos, recortes de viejos diarios, anotaciones en las paredes de una cárcel, fotografías borrosas en las que se percibe la modulación de un rostro.
Que Yupanqui ocupe un lugar germinal en el mapa de la música argentina, y que ese lugar esté indisolublemente ligado a una idea determinante de autenticidad, es sin duda una proeza cultural sobre la que vale la pena seguir reflexionando. Porque, ¿cuánto de tradición y cuánto de invención hubo en ese juglar argentino que pareció encarnar como nadie un género en su totalidad? ¿Fue Yupanqui un fiel intérprete de diversos regionalismos arcaicos –que sin su mediación se hubieran perdido irremediablemente–, o agregó de su cosecha marcas bien definidas, finalmente aceptadas por todos como genuinamente folclóricas?
No hace falta recordar que Yupanqui tuvo una vida agitada, impulsada por una compulsión al viaje, a la errancia, a dejar aquello que se había conquistado no sin dificultades a cambio de un sentido gaucho de la libertad. En efecto, el hombre viajó por todo el país y luego por el mundo. A veces perseguido, otras por mera elección. ¿Qué buscaba Yupanqui? ¿Tras qué tesoro intangible se movieron el joven de Pergamino, el hombre de Tucumán y todo el Noroeste, el viejo argentino de París? El poeta se lo preguntaba en “El andar”: “A veces no comprendo / mi rodar por el mundo. / Este medir la tierra y el camino / y el mar... / Esto que siendo simple, / se ha tornado profundo. / Voz que ordena a mi paso: / más allá, más allá...”.
(...) Al comprender a Yupanqui quizá nos adentremos más certeramente en el tumultuoso y contradictorio país que lo ignoró, aplaudió, persiguió, volvió a aplaudir y finalmente glorificó. Yupanqui es un tema inagotable. Nos enfrenta a diferentes épocas y ámbitos de la Argentina, así como a sus rajaduras sociales y políticas. Nos obliga a escuchar, entre el placer y el dolor, aquello que la baguala lamentó al cielo y la milonga meditó de cara al horizonte. Nos vuelve a nosotros, hijos de la modernidad, más viejos, recordándonos que alguna vez fuimos silvestres y nómades. Que tal vez sea cierto aquello de que “el que se larga a los gritos, no escucha su propio canto”.
Mercedes Sosa ha permanecido callada. Quizá no está del todo cómoda. Ella no es de intervenciones brillantes. Hablando no se siente muy segura; su autoridad está en el canto. Pero de pronto alza la voz, y con un golpe de puño sobre la mesa exclama: “¡Pero déjense de pavadas! Yupanqui es único”. La discusión se apaga de inmediato, y quienes la han fogoneado ahora buscan a tientas, casi avergonzados, otro tema, algún asunto que recomponga enseguida la camaradería latinoamericana.
Al decir que Yupanqui es único, Mercedes no ha dicho que sea más grande que Violeta Parra. Tampoco ha sostenido que sea menor. Lo que Mercedes ha sentenciado de modo inapelable es que no existe medida para Yupanqui. Así de simple, aunque en verdad es un tema muy complejo. A un siglo de su nacimiento, Yupanqui sigue siendo un tema complejo. Fue único no en el sentido humanista con el que decimos que cada ser humano lo es. Tampoco por su talento: la historia argentina abunda en artistas talentosos. La singularidad de Yupanqui refiere a la conformación misma del folclore como género de música popular.
(...) Su figura es tan poderosa, su poesía y su música tan perfectas y su nombre de tan profundas resonancias –Atahualpa Yupanqui es casi una categoría moral del arte, un ideal que enaltece al que lo busca–, que tenemos la impresión de que existió siempre, de que es el clásico de los clásicos de la Argentina. De que siempre, desde el principio de los tiempos, hubo un Atahualpa con su guitarra presidiendo la canción popular de los argentinos. Obviamente esto no es así: ¿no es sorprendente enterarse de que “Luna tucumana”, su canción más famosa, fue grabada por su autor recién en 1957, cuando sus compases habían sido memorizados por más de una generación?
Cuando Atahualpa empezó a grabar discos con cierta frecuencia, a principios de la década del ’40, la palabra folclore tenía alrededor de un siglo de uso. Andrés Chazarreta había debutado en Buenos Aires dos décadas antes y los músicos más destacados de la primera oleada de folclore en la Capital no eran más jóvenes que Yupanqui: él se formó con muchos de ellos, tocando a su lado. ¿No es increíble que su nombre casi no existiera en la prensa de la década del ’30, cuando Gardel ya era un mito nacional?
(...) Si nos atenemos a sus dichos, Yupanqui deseaba convertirse, con los años, en un anónimo. Deseaba desmaterializarse en medio de la correntada del canto popular. En alguna oportunidad, siendo víctima de una férrea censura, asistió a un restaurante donde unos músicos estaban tocando una canción de su autoría. El presentador lo reconoció y se apresuró a anunciarlo: “Acabamos de escuchar el tema de un autor anónimo que nos honra con su presencia”. Décadas más tarde, Divididos hizo una versión medio blusera de “El arriero”. Tal vez alguien creyó que aquella canción era del grupo, o que era tan anónima como “Duerme negrito”, pieza de dominio público que Atahualpa solía cantar. De todas maneras, más allá de la circulación irregular de su repertorio y del escaso conocimiento que se tiene de su vida y sus circunstancias, Yupanqui no se ha hecho anónimo, al menos no todavía. Quizás en otro tiempo, sus canciones sean, finalmente, leyenda sin nombre.
(...) A Yupanqui lo pensamos en relación con un paisaje que no es el de la ciudad. Al escucharlo o al leerlo, nos familiarizamos con un país sin luz eléctrica, sin automóviles y profundamente silencioso, con todo el silencio del que son capaces las piedras, cardones, arenas, algarrobos y aromos, los trigales suavemente mecidos por el viento. Pero Yupanqui no fue un paisajista: los sitios de sus canciones no están despoblados. Por ahí andan indios, criollos y gauchos. Cañeros y arrieros, mineros y peones de estancia. ¿O acaso al escucharlo cantar y tocar “Baguala de Amaicha”, “Minero soy” o “Milonga del peón de campo” no estamos ante las voces de los desposeídos de la tierra? ¿No son ellos los que cantan a través de Atahualpa?
Contra una visión rentista de la Argentina, contra ese nacionalismo territorial al que tantos folcloristas cantaron y le siguen cantando, Yupanqui optó por los habitantes expoliados. Prefirió discernir la composición social de su país antes que celebrarlo como una unidad intemporal. En tal sentido, fue agudamente político. En verdad, no defendió esencias sino más bien le cantó a ciertas temporalidades olvidadas, sus “hilachitas del viento”.
(...) “Un poeta no tiene biografía, su vida está en toda su obra.” A Yupanqui le gustaba repetir la máxima, que él decía haber hallado entre sus libros de poesía española. Pero, si la vida está en la obra, entonces el poeta tiene biografía, sólo es cuestión de saber encontrarla, primero en la obra y luego más allá. Encontrar la biografía en lo dicho por Yupanqui, pero también en lo silenciado; en lo que mostró y en lo que ocultó. Encontrarla suelta en libros, discos, cartas, recuerdos de sus amigos, recortes de viejos diarios, anotaciones en las paredes de una cárcel, fotografías borrosas en las que se percibe la modulación de un rostro.
Que Yupanqui ocupe un lugar germinal en el mapa de la música argentina, y que ese lugar esté indisolublemente ligado a una idea determinante de autenticidad, es sin duda una proeza cultural sobre la que vale la pena seguir reflexionando. Porque, ¿cuánto de tradición y cuánto de invención hubo en ese juglar argentino que pareció encarnar como nadie un género en su totalidad? ¿Fue Yupanqui un fiel intérprete de diversos regionalismos arcaicos –que sin su mediación se hubieran perdido irremediablemente–, o agregó de su cosecha marcas bien definidas, finalmente aceptadas por todos como genuinamente folclóricas?
No hace falta recordar que Yupanqui tuvo una vida agitada, impulsada por una compulsión al viaje, a la errancia, a dejar aquello que se había conquistado no sin dificultades a cambio de un sentido gaucho de la libertad. En efecto, el hombre viajó por todo el país y luego por el mundo. A veces perseguido, otras por mera elección. ¿Qué buscaba Yupanqui? ¿Tras qué tesoro intangible se movieron el joven de Pergamino, el hombre de Tucumán y todo el Noroeste, el viejo argentino de París? El poeta se lo preguntaba en “El andar”: “A veces no comprendo / mi rodar por el mundo. / Este medir la tierra y el camino / y el mar... / Esto que siendo simple, / se ha tornado profundo. / Voz que ordena a mi paso: / más allá, más allá...”.
(...) Al comprender a Yupanqui quizá nos adentremos más certeramente en el tumultuoso y contradictorio país que lo ignoró, aplaudió, persiguió, volvió a aplaudir y finalmente glorificó. Yupanqui es un tema inagotable. Nos enfrenta a diferentes épocas y ámbitos de la Argentina, así como a sus rajaduras sociales y políticas. Nos obliga a escuchar, entre el placer y el dolor, aquello que la baguala lamentó al cielo y la milonga meditó de cara al horizonte. Nos vuelve a nosotros, hijos de la modernidad, más viejos, recordándonos que alguna vez fuimos silvestres y nómades. Que tal vez sea cierto aquello de que “el que se larga a los gritos, no escucha su propio canto”.
Fragmentos de
En nombre del folclore.
Biografía de
Atahualpa Yupanqui.
En nombre del folclore.
Biografía de
Atahualpa Yupanqui.
viernes, 18 de mayo de 2012
El que no salta, es Hollande Por Rudy
Por Rudy
Con el triunfo de François Hollande, el mundo empezó a percibir que “otra Francia es posible”. “¿Otra Francia? –dice la ultraderecha–, muy bien, nosotros nos quedamos en ésta, y a los inmigrantes, que los manden a todos a la otra Francia... No, mejor que estén en ésta un rato, hagan todo el trabajo que hay que hacer y después se vayan a la otra a conseguir vivienda, salud, educación y beneficios sociales.”
“¿Otra Francia?”, dicen los artistas... “Uy, entonces Woody Allen va a tener que filmar Medianoche en el Otro París, y hay que ver si Camus, Sartre, Voltaire y Platini nos pertenecen a nosotros o a la otra. ¡Y si se llevan el Louvre?”
“¿Otra Francia? –pregunta Doña Rosa–. Con mi marido el Cholo nunca pudimos ir a la Francia que ya existía, ahora tampoco vamos a poder ir a la otra!”
“¿Otra Francia?”, se preguntan los chefs. “Y en ésa, el plato nacional va a ser la hamburguesa, la salchicha, la banana, el falafel, los ñoquis, ¿o qué?”. “¿Otra Francia?”, se preguntan los polacos. “¡Lo hacen por si alguna vez les llegan a invadir una, les queda la otra.”
“¿Otra Francia?”, se preguntan los alemanes... “Y bueh, mientras ajusten, no nos importa si es una o las dos, pero nosotros ya tuvimos dos Alemanias, y no les conviene, para lo único que está bueno es para tener dos equipos de fútbol en cada Mundial.”
La realidad es que muchos se ilusionan con una Francia socialista, con Liberté, Egalité y Fraternité, y ven en este triunfo un nuevo “Mayo francés”.
Otros dicen, en cambio, “Francia queda en Europa, y Europa queda en Alemania”, donde Economía se dice “Aprétensenajústensenachíquensenolvídensen”
y Doña Merkel, ni lerda ni perezosa, le “marcó la cancha” a Hollande el mismo día de su trémolo triunfal: “El pacto fiscal no me lo tocai, ¿cachai?” (hemos respetado el alemán original de la cita).
Entonces, en este triunfo del socialismo europeo, habrá que ver si en la interna se impone el “socialismo” o el “europeo”. Si el nuevo gobierno francés logra superar –en el mejor sentido del término– al “inolvidable” (no en el mejor sentido del término) Sarkozy. O no. Todo está por verse. O en francés “Tout está pour voirse”.
Nosotros. lector, o lecteur (pronúnciese lectééééér, y no, plis “Lécter”, como el caníbal justiciero de la novela) seguimos atentamente (atontement), y los acompañamos, como siempre, con nuestros chistes.
Hasta la semaná que viené.
miércoles, 16 de mayo de 2012
Hollande, la contrafigura de Sarkozy Al asumir, François Hollande quiso mostrarse en los antípodas de su predecesor. Designó como primer ministro a Jean-Marc Ayrault, un socialista moderado, hijo de un obrero y conocedor de Alemania.
or Eduardo Febbro
Desde París
François Hollande inició su mandato bajo una racha de contratiempos. La lluvia y el viento acompañaron su recorrido por los Campos Elíseos en un auto descapotable, luego un rayo alcanzó el avión en el que viajaba rumbo a Berlín para encontrarse con la canciller alemana Angela Merkel. Hollande tuvo que volver a tierra, cambiar de avión y una vez en la capital alemana, Merkel y Hollande tropezaron varias veces en la alfombra roja empapada por la lluvia. El viaje del presidente electo a Alemania fue la primera cita de importancia internacional con una interlocutora, Merkel, a quien Hollande hizo frente proponiendo cambiar la política de austeridad que la canciller alemana promueve en toda Europa como poción curativa de la crisis. Por la mañana, durante el discurso que pronunció en la ceremonia de toma de posesión, François Hollande se inscribió en una posición de ruptura con su predecesor, el conservador liberal Nicolas Sarkozy. Sobria, breve, sin la presencia de sus cuatro hijos ni los de su actual compañera, Valérie Trierweiler, la ceremonia de investidura estuvo a años luz del estilo protagonizado por Sarkozy. Hasta en el más mínimo detalle se buscó marcar la diferencia. El jefe del Estado prometió luchar contra todas las discriminaciones e instó a crear “un nuevo camino para Europa”. Todo lo que dijo el líder socialista fue una suerte de negación del sarkozismo. François Hollande prometió un “Estado imparcial” y fijó tres ejes de la democracia como orientación de su mandato: la democracia social –la negociación con los actores sociales–, la democracia local –el incremento de los poderes locales– y la democracia ciudadana –dar lugar a las iniciativas de la sociedad civil–.
Como lo había manifestado durante la campaña electoral, François Hollande hizo de la juventud y de la justicia dos rumbos irrenunciables de su mandato y de la reconfiguración política de Europa una meta esencial. “En Europa nos esperan y nos miran y voy a proponer a mis socios europeos un pacto que una la necesaria reducción del déficit con el indispensable estímulo de la economía”, dijo el presidente. El mandatario no negó los problemas que arrastra el país: “Una deuda masiva, un crecimiento débil, un desempleo elevado, una competitividad degradada, una Europa que sufre para salir de la crisis”. Sin embargo, recalcó que no había “fatalidad”. Un extenso capítulo de una década de presidencias liberales conservadoras se cerró ayer con la investidura de un hombre que llegó a la cima del poder sin que, hasta hace tan solo un año atrás, nadie hubiese ni imaginado ni apostado por verlo un día entrar en el Palacio del Elíseo como presidente de la República. Hollande siempre se presentó como un hombre “normal”, en contrapunto con la espectacularidad de Sarkozy. François Hollande es el séptimo presidente de la Quinta República y el segundo socialista que llega a la jefatura del Estado después de François Mitterrand –1981-1995–. El nuevo jefe del Estado tiene, con todo, una particularidad: es el presidente de la República que asume el cargo siendo soltero. No se casó ni con Ségolène Royal ni con Valérie Trierweiler. La lenta solemnidad de la ceremonia, la mesura de las palabras y la escasa aparatosidad de los actos empezaron a dibujar otro país en la simpleza cruda de las imágenes. En contraste con Nicolas Sarkozy, Hollande subrayó la idea del Estado “ejemplar” y dijo: “Fijaré las prioridades, pero no decidiré todo y por todos. El Parlamento, el gobierno y la Justicia serán independientes. El poder será ejercido con escrupulosa sobriedad. El Estado será imparcial. Defenderé siempre el laicismo y lucharé contra el racismo y el antisemitismo”. El nuevo presidente destacó que el país necesitaba “reconciliación y unión”. La formación del gobierno recién se conocerá este miércoles, pero la designación del primer ministro fue oficializada el mismo día de la investidura. Se trata de Jean-Marc Ayrault, un político moderado, muy conocedor de Alemania, poco conocido por la opinión pública. El jefe de gobierno no es un adepto de la fastuosidad. “No tengo complejos sociales, pero en París me molesta una forma de elitismo y condescendencia”, dijo una vez. Hijo de un padre obrero, Jean-Marc Ayrault es diputado desde 1986, ha sido desde 1987 presidente de la bancada socialista en la Asamblea Nacional y no pertenece a ninguna de las grandes instituciones educativas que forman a las elites del Estado. Allegado de François Hollande, es, a su manera, una suerte de doble en la humildad.
Antes de salir rumbo a Alemania, Hollande anticipó con su discurso los planteos que, a la distancia, formuló en dirección de una Alemania guardiana de la austeridad. “Necesitamos solidaridad, crecimiento, un nuevo pacto para reducir la deuda estimulando nuestras economías y acuerdos comerciales que respeten la reciprocidad”, dijo. El encuentro con Merkel era el primer paso clave del líder socialista. La confrontación que amenazaba las relaciones entre París y Berlín encontró un punto de consenso que barrió con todos los rumores y especulaciones sobre la salida de Grecia del euro. En el curso de la conferencia de prensa que Merkel y Hollande ofrecieron en Berlín, ambos responsables fueron claros: “Queremos que Grecia permanezca en el euro”, dijo Merkel. Ambos no expusieron sus profundas divergencias. Hollande y Merkel dijeron que estaban dispuestos a “reflexionar” sobre medidas a favor del crecimiento –concepto que defiende François Hollande–, pero no fueron más allá. Se hace evidente que la armonía constatada en torno de la crisis griega y la necesidad de que Atenas no se aleje del euro no se tornó consenso cuando se trató del crecimiento. La palabra provoca una mueca de incomodidad en el rostro de Merkel. “Estoy a favor de la seriedad presupuestaria y eso quiere decir estar a favor del crecimiento, porque sin crecimiento, sean cuales fueren nuestros esfuerzos, no alcanzaremos nuestros objetivos”, recalcó Hollande. En este primer encuentro, Merkel y Hollande optaron por el pragmatismo. No hay contrastes entre los dos. Distantes, suaves, muy calmos, tenaces pero sin pose ni apariencias exageradas, ambos parecen compartir, al menos, la misma inclinación por la mesura y la lentitud. La jornada inicial de la presidencia de François Hollande empezó con el presidente empapado hasta los huesos y un rayo que obligó a su avión a aterrizar de urgencia. Día convulsionado, a imagen y semejanza de una Europa sacudida por las turbulencias y las tormentas de los mercados.
MIÉRCOLES, 16 DE MAYO DE 2012 LITERATURA › EL ADIOS A CARLOS FUENTES Lo vivo, lo deforme, lo bello La noticia de su muerte llegó de la manera más inesperada, a pocos días de su visita a la Feria del Libro. Tenía lista la novela Federico en su balcón y ya trabajaba en un nuevo libro.
Por Silvina Friera
Un pensamiento avanza en espiral y se niega al reposo. A la pantalla mental le cuesta editar la sustitución de un tiempo desterrado por otro ya desaparecido. La estampida del adiós suena como si las ideas pasadas y presentes se movieran y desdibujaran, como los elementos de un paisaje que se desplazan ante los ojos de un caminante. La imagen más reciente que la memoria despliega –antes y después de su reciente presentación en la Feria del Libro– es la de un caballero amable, pasional, inquieto, infatigable. No parecía un anciano octogenario con los achaques de la vejez. El misterio de esa especie de “eterna juventud” estaba en su temperamento entusiasta, en su devoción por la literatura, en ese simulacro de felicidad que le suministraba la escritura. “Cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada”, predicaba con sus mexicanismos a flor de piel. “La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte –dijo el autor de La región más transparente, “el Premio Nobel que no fue”–. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es”. Ese día llegó ayer sorpresivamente, sin preludios. Carlos Fuentes, uno de los más destacados narradores mexicanos del siglo XX, autor de una veintena de novelas y acreedor de varios galardones importantes, como el Cervantes y el Príncipe de Asturias, murió a los 83 años en México.
Las trampas de la memoria encienden el asombro, como si trucando imágenes remotas se pudiera mitigar del desconcierto y la pena que por estas horas atraviesan a lectores y lectoras del mundo hispano. Las calles de Buenos Aires, que el narrador transitó hace no más de quince días, conjuraron el recuerdo de su infancia por estos pagos. Quizás el azar sea parte del orden invisible de las cosas. Fuentes, hijo de un diplomático, nació el 11 de noviembre de 1928 en Ciudad de Panamá. Los sucesivos destinos asignados a su padre –Argentina, Chile, Brasil, EE.UU. y otros países iberoamericanos– lo transformaron en una suerte de niño-adolescente itinerante. Pateó avenidas y arrabales porteños por 1943, cuando el ministro de Educación era Martínez Zuviría, el escritor que firmaba como Hugo Wast. “Mira: yo vengo de la escuela pública de Washington, no soporto esto”, le dijo el adolescente Fuentes a su padre. Ni una amnesia galopante ni los analgésicos más poderosos podrían atemperar el fantasma en ciernes de esa “educación fascista” que con tanto ahínco rechazaba el joven. “Tienes toda la razón, tienes 15 años, dedícate a pasear”, le respondió el entonces consejero de la embajada de México. Bastó esa palmadita de su progenitor para que el joven se dedicara a conjugar en todos los modos y tiempos verbales posibles el “yirar” porteño. Durante un año se convirtió en hincha de la orquesta de Aníbal Troilo. Se jactaba, con una sonrisa pícara, que la siguió a todas partes, como a esa vecina casada que lo doblaba en edad –30 años–, y de la que se enamoró. Volver a Buenos Aires –confesaba sin ademán nostálgico– le deparaba la sensación de rejuvenecimiento, como si otra vez tuviera 15 años y lo estuviera esperando la vecinita.
“Recordar el futuro. Imaginar el pasado”, consigna el escritor con economía ejemplar en La gran novela latinoamericana. “Este es un modo de decir que, ya que el pasado es irreversible y el futuro incierto, los hombres y mujeres se quedan sólo con el escenario del ahora si quieren representar el pasado y el futuro. El pasado humano se llama Memoria. El futuro humano se llama Deseo. Ambos confluyen en el presente, donde recordamos, donde anhelamos.” En el escenario de ese pasado “imaginado”, Fuentes leyó por primera vez el Quijote a los 12 años. Y sin embargo, la obra capital de Cervantes no fue el primer encuentro sentimental con la literatura. En Río de Janeiro, otra de las escalas por las obligaciones diplomáticas del padre, el pequeño Fuentes se sentaba en las rodillas del escritor mexicano Alfonso Reyes, embajador de Brasil, quien le aconsejó que estudiara Derecho. Las cartas estaban marcadas. Aunque obedeció la recomendación y se formó en leyes, su radical voluntad por la literatura, ese futuro que entonces era un deseo, se impondría con la fuerza de una certeza sonora y formal de la que nunca se apartaría.
No es una empresa sencilla narrar un país con sus historias y mitologías –más o menos visibles– en la mochila del imaginario; con sus esperanzas y fracasos que calan hasta los huesos. Urgencia juvenil y precoz sabiduría se confabularon cuando aquel joven de 29 años publicó su primera novela, La región más transparente (1958), tan vertiginosa y caótica como innovadora, considerada como el “primer estallido del llamado boom de la Nueva Novela Hispanoamericana”; texto insignia que inscribiría a su autor en la galería de los grandes nombres de la literatura latinoamericana. Cada voz, cada rincón, cada tugurio de la ciudad de México de mediados de la década del ’50 –esa “región más transparente del aire”, alusión-homenaje a Reyes–, con sus enmarañadas texturas, sabores, dicciones y prodigios rompía el velo de ese umbral que nadie se había animado a explorar. Lo vivo, lo deforme, lo bello y desgarrador administraban una espesura que tal vez sólo se reveló completamente cuando se disolvieron los prejuicios. Como suele suceder, abundaron objeciones hacia novela con munición gruesa: por “soez” –quién sabe si en el mejor de los casos–, por “antinacionalista”, sin duda el reparo más peligroso y reprobable. Un puñado de escritores como Julio Cortázar, Salvador Novo, José Lezama Lima y Miguel Angel Asturias, entre otros, no dudó en respaldar la “vapuleada” primera incursión literaria de Fuentes. Ese bautismo de fuego con la ductilidad de las “interpretaciones” fue el anticipo de una cifra. O un precio. Una novela es algo contradictorio y ambiguo.
Por las páginas de esa novela precursora donde lenguaje, temática y estructura son objeto de una radical experimentación, aún se oyen los últimos balazos de la Revolución Mexicana (1910-1917), como lo advirtió la escritora y periodista Elena Poniatwoska, la primera que entrevistó a Fuentes. Semejante alboroto no podía pasar inadvertido. Los lectores más avezados todavía pueden revivir las esquirlas de ese texto intenso y complejo en la profusión de hilvanes y fraseos mexicanos. La publicación de una novela no suele ser un “acontecimiento”. Quizá nunca lo fue, excepto que se quieran pontificar los tiempos idos. Pero algunos libros de Fuentes y de Gabriel García Márquez –unos años después– parecían manchas de aceite que se expandían con el afán de cristalizarse. “Los mexicanos vieron en esta novela un mural muy simbólico y al mismo tiempo muy ceñido al detalle de la mezcla de clases”, explicaba Carlos Monsiváis. “Era una novela muralística con choferes de taxi, prostitutas, figuras de esta sociedad banal y escritores fracasados. Era todo y especialmente la vibración de la ciudad, el ruido de la ciudad.” La mayor proeza que consuma ese libro –como señaló Guillermo Saavedra cuando se presentó una reedición por los cincuenta años– radica en la simultaneidad literal que ofrece al lector. “Por la vía de los constantes cambios de convención narrativa, el lector puede viajar al pasado atávico del México precolombino y regresar al presente tenaz e inmediato de mediados de los ’50; darse de narices con diversos momentos de la prolongada Revolución mexicana para instalarse de pronto en la interioridad febril de la conciencia de un personaje del presente de la novela o en el diálogo casual de unos obreros emborrachándose en un bar de ese mismo presente”, planteaba Saavedra. Ya intuía ese joven escritor mexicano lo que escribiría en uno de sus ensayos: “El tiempo perdido es, como en Proust, un tiempo que uno puede recuperar sólo como un minuto liberado de la sucesión del tiempo”.
De lo que no se pudo “liberar” Fuentes –acaso no quiso o no supo cómo– fue de continuar la estela del mandato paterno. Entre 1950 y 1951 representó a México en Ginebra ante la Organización Internacional del Trabajo. A mediados de esa década creó y dirigió la Revista Mexicana de Literatura (1955-1958) junto con Emmanuel Carballo, y trabajó en el departamento de Relaciones Culturales de Exteriores. Muchos años después, cuando era un autor consagrado, fue catedrático de Literatura en la Universidad de Princeton (Estados Unidos), pero también impartió clases de español y de literatura comparada en otras universidades americanas, como Columbia, Harvard y Pennsylvania. Entre 1975 y 1977 regresó al cuerpo diplomático y fue enviado a París como embajador, pero renunció en protesta por el nombramiento como primer embajador de México en España del ex presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz, uno de los responsables de la masacre de Tlatelolco en octubre de 1968. En una noche helada de esa breve instancia parisina de dos años, el embajador decidió viajar en tren a Praga, junto a Cortázar y García Márquez, para visitar a Milan Kundera. Ninguno pudo pegar un ojo, anonadados por los conocimientos de jazz de los que hizo gala el autor de Rayuela. No fue casual que los dos pilares del “boom latinoamericano” inauguraran en 1994 la Cátedra Julio Cortázar en la Universidad de Guadalajara. Otro placer del que no se liberaría fue el cine. Ese gusto comenzó en la infancia cuando su padre lo llevó a ver el Ciudadano Kane de Orson Welles; años después conocería al español Luis Buñuel, con quien mantuvo una fuerte amistad. De sus incursiones en el cine quedan guiones como Las dos Elenas, Un alma pura, El gallo de oro y Pedro Páramo. El mexicano Paul Leduc y el argentino Luis Puenzo filmaron dos novelas de Fuentes: La cabeza de la hidra (1981) y Gringo viejo (1989).
El autor de novelas como La muerte de Artemio Cruz, Aura, Cambio de piel, Terra nostra y Gringo viejo, por mencionar apenas los títulos más memorables de su amplísima producción, solía profesar su preferencia hacia Quevedo “por su capacidad para nombrar las cosas, por no dejar nada sin nombrar”. Excesivamente prudente a la hora de participar en las reyertas literarias, Fuentes no defenestraba a Góngora; al contrario: decía que era un “buen poeta”. Pero Quevedo –opinaba– tenía “la particularidad de ampliar la referencia lingüística”, como lo hicieron los grandes satíricos. Si algunas voces protestaron contra el canon de lecturas personales que el mexicano articuló a través de su último ensayo publicado, La gran novela latinoamericana, y subrayaron la omisión de Roberto Bolaño, él esgrimía que todavía no lo había leído. Prometió que lo haría. Esa lectura será una cuenta pendiente, aunque no la única. Había terminado Federico en su balcón, que presentaría en noviembre en la Feria de Guadalajara y ahora saldrá póstumamente, y ya andaba con la mente en otra novela, El baile del Centenario. “Tengo ya muchos capítulos, notas y personajes. Hay una mujer que me interesa mucho, que no quiere decir nada de su pasado y se va descubriendo poco a poco, hasta que llega al mar y se libera”, anticipó en una de las últimas entrevistas que dio en Buenos Aires.
lunes, 14 de mayo de 2012
Cronistas aztecas en la mira de los narcos
Regina Martínez, redactora de la revista Proceso, fue la última víctima de una ofensiva de los carteles de la droga contra la prensa mexicana.
El cuerpo de Regina Martínez, macerado a golpes y tendido en el baño de su casa, revelaba en cada moretón la furia vengativa de sus autores que culminaron la obra con el estrangulamiento de la periodista de la revista Proceso. Como una señal macabra hacia aquellos que se dedican a contar la tragedia de México con nombre y apellido.
“Era más bien tímida, siempre cargaba su grabadora, una libreta con pluma negra y de vez en vez se acomodaba los lentes como un tic cuando estaba muy concentrada en entrevista (...)”, fue el relato que por esos días de finales de abril eligió la escritora mexicana Lydia Cacho para recordar a Martínez. Aún si resaltar de la media entre los cronistas aztecas, la articulista de Proceso cumplía su tarea en un ámbito conflictivo en el que los intereses criminales y políticos suelen fundirse sin empacho. Sus compañeros apuntan sus sospechas a la corrupción de los funcionarios estatales y sus vínculos con los narcotraficantes, difícil de ocultar ante la opinión pública. Sobre todo cuando la tónica de los artículos de Regina Martínez iban en esa dirección e incomodaban al poder y al delito en la misma medida. “Detienen en Veracruz a nueve policías vinculados con el narco” y “Capturan en Veracruz a la Comandante Tere, presunta jefa de sicarios” fueron sus últimos reportajes, pero se cree que su asesinato es un mensaje que apunta más arriba. De hecho, Rafael Rodríguez, director del semanario al que reportaba Martínez, abonó esa presunción al recordar que “en la edición 1.849 de Proceso, y con el título ‘Dos regresos peligrosos’, se denunció la reaparición de dos ex funcionarios de los tres últimos gobiernos priistas señalados como corresponsables en la crisis de seguridad y el auge del crimen organizado en Veracruz”, quienes ahora aparecen como candidatos a diputados federales del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en Xalapa, acompañando al aspirante presidencial Enrique Peña Nieto. Rodríguez imputó a la censura oficial el hecho de que “desaparecieran” cerca de 3.000 ejemplares de ese número el 8 de abril, 20 días antes de la muerte de Regina, a la que se deben agregar la de los fotógrafos del mismo medio Gabriel Huge Córdova, Guillermo Luna Varela y Esteban Rodríguez, cuyos cuerpos aparecieron desmembrados y en bolsas de residuos.
La capital veracruzana, no escapa a las generales de todo el país en cuanto al accionar de las bandas del crimen organizado y tampoco a la guerra declarada por el presidente Felipe Calderón para combatirlas con las Fuerzas Armadas a tiro limpio. Este Estado, ubicado sobre el Golfo de México, es el territorio de uno de los mayores enfrentamientos por el negocio de la droga. Allí Los Zetas y la Federación del Pacífico, una confluencia de carteles liderada por Joaquín El Chapo Guzmán, no ahorran balas a la hora de la disputa por el control del narcotráfico y los sicarios de ambos cumplen con precisa crueldad cada una de las ejecuciones ordenadas. Según un informe de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés), publicado por el diario El Universal, señala que la “Federación tiene bajo su control la mayor parte de los corredores geográficos que utilizan los carteles mexicanos para traficar la droga hacia Estados Unidos: el corredor Pacífico, Península de Yucatán y algunos puntos fronterizos”.
La estrategia del gobierno federal para combatir a los narcos ya no sólo contabiliza unos 60 mil muertos desde el 2006, entre delincuentes abatidos, efectivos de seguridad e inocentes víctimas “colaterales”, también suma a esa sangriento recuento los episodios oscuros de las desapariciones, entre las que destacan los trabajadores de prensa porque su fin es el silencio informativo. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos al menos “77 periodistas han sido asesinados desde 2000”. Sobre esta cifra, Eileen Truax, delHuffington Post (Estados Unidos), indica que un gran número de las muertes deben cargarse a cuenta del sexenio de Calderón en el que “han sido asesinados en promedio 10 periodistas por año”. Por su parte, la organización Reporteros Sin Fronteras ubicó a Veracruz entre la decena de sitios más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, junto con Egipto, Libia, Siria y Costa de Marfil.
Es que “cuando un cartel impone su ley en una región es difícil demostrar hasta donde alcanzan sus tentáculos. Pero cuando la prensa se calla, nos grita el fracaso del Estado”, concluye, desde el D.F., Majo Siscar, columnista de Periodismo Humano.
“Era más bien tímida, siempre cargaba su grabadora, una libreta con pluma negra y de vez en vez se acomodaba los lentes como un tic cuando estaba muy concentrada en entrevista (...)”, fue el relato que por esos días de finales de abril eligió la escritora mexicana Lydia Cacho para recordar a Martínez. Aún si resaltar de la media entre los cronistas aztecas, la articulista de Proceso cumplía su tarea en un ámbito conflictivo en el que los intereses criminales y políticos suelen fundirse sin empacho. Sus compañeros apuntan sus sospechas a la corrupción de los funcionarios estatales y sus vínculos con los narcotraficantes, difícil de ocultar ante la opinión pública. Sobre todo cuando la tónica de los artículos de Regina Martínez iban en esa dirección e incomodaban al poder y al delito en la misma medida. “Detienen en Veracruz a nueve policías vinculados con el narco” y “Capturan en Veracruz a la Comandante Tere, presunta jefa de sicarios” fueron sus últimos reportajes, pero se cree que su asesinato es un mensaje que apunta más arriba. De hecho, Rafael Rodríguez, director del semanario al que reportaba Martínez, abonó esa presunción al recordar que “en la edición 1.849 de Proceso, y con el título ‘Dos regresos peligrosos’, se denunció la reaparición de dos ex funcionarios de los tres últimos gobiernos priistas señalados como corresponsables en la crisis de seguridad y el auge del crimen organizado en Veracruz”, quienes ahora aparecen como candidatos a diputados federales del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en Xalapa, acompañando al aspirante presidencial Enrique Peña Nieto. Rodríguez imputó a la censura oficial el hecho de que “desaparecieran” cerca de 3.000 ejemplares de ese número el 8 de abril, 20 días antes de la muerte de Regina, a la que se deben agregar la de los fotógrafos del mismo medio Gabriel Huge Córdova, Guillermo Luna Varela y Esteban Rodríguez, cuyos cuerpos aparecieron desmembrados y en bolsas de residuos.
La capital veracruzana, no escapa a las generales de todo el país en cuanto al accionar de las bandas del crimen organizado y tampoco a la guerra declarada por el presidente Felipe Calderón para combatirlas con las Fuerzas Armadas a tiro limpio. Este Estado, ubicado sobre el Golfo de México, es el territorio de uno de los mayores enfrentamientos por el negocio de la droga. Allí Los Zetas y la Federación del Pacífico, una confluencia de carteles liderada por Joaquín El Chapo Guzmán, no ahorran balas a la hora de la disputa por el control del narcotráfico y los sicarios de ambos cumplen con precisa crueldad cada una de las ejecuciones ordenadas. Según un informe de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés), publicado por el diario El Universal, señala que la “Federación tiene bajo su control la mayor parte de los corredores geográficos que utilizan los carteles mexicanos para traficar la droga hacia Estados Unidos: el corredor Pacífico, Península de Yucatán y algunos puntos fronterizos”.
La estrategia del gobierno federal para combatir a los narcos ya no sólo contabiliza unos 60 mil muertos desde el 2006, entre delincuentes abatidos, efectivos de seguridad e inocentes víctimas “colaterales”, también suma a esa sangriento recuento los episodios oscuros de las desapariciones, entre las que destacan los trabajadores de prensa porque su fin es el silencio informativo. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos al menos “77 periodistas han sido asesinados desde 2000”. Sobre esta cifra, Eileen Truax, delHuffington Post (Estados Unidos), indica que un gran número de las muertes deben cargarse a cuenta del sexenio de Calderón en el que “han sido asesinados en promedio 10 periodistas por año”. Por su parte, la organización Reporteros Sin Fronteras ubicó a Veracruz entre la decena de sitios más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, junto con Egipto, Libia, Siria y Costa de Marfil.
Es que “cuando un cartel impone su ley en una región es difícil demostrar hasta donde alcanzan sus tentáculos. Pero cuando la prensa se calla, nos grita el fracaso del Estado”, concluye, desde el D.F., Majo Siscar, columnista de Periodismo Humano.
Entrevista. Benigno López. Referente del frente nacional campesino
Pequeño productor, trabajador de la tierra, una persona que mediante sus manos y fuerza siembra y cosecha, cuida la tierra y la naturaleza que le da los productos, frutos para su subsistencia, y también para vender y comprar lo que la tierra no le puede dar en forma directa. Pero, ¿cuál es el significado más profundo para este actor social que sigue estando del lado más desigual en la lucha por la tierra que trabaja y conoce desde que nació? “Es el pedazo de territorio donde él y ellos tienen soberanía, ahí piensan, ahí sufren, ahí se alegran, ahí sueñan y tienen esperanzas. Los campesinos se aferran a su pedazo de tierra, su patria chiquita, porque les da identidad, cierta autonomía y les genera esperanzas, a pesar de las malas campañas agrícolas, malos precios, sequías e inundaciones”, cuenta López.
–¿Y por qué siguen eligiendo esa tarea?
–La historia y la cultura de esas familias campesinas hacen una identidad: tienen pasado, presente y sueñan con el futuro. Particularmente, la cultura campesina del noreste y noroeste está muy aferrada a la tierra. Son trabajadores que cuando pierden la tierra se convierten en desarraigados, y se sienten un poco derrotados, como exiliados en su país. Un sentimiento común del campesinado en la Argentina es que su producción no es valorada, no es tenida en cuenta como corresponde por las autoridades. Normalmente los precios que se pagan por los productos son irrisorios y se ve cómo se invierte desde el propio Estado en los agronegocios. Por ese lado, los campesinos siguen postergados.
–¿Cómo es la respuesta de los hijos del campesino actual?
–Para los hijos, la producción campesina hoy no es rentable, por eso buscan alternativas para vivir o progresar. Aparte, ser joven campesino es pertenecer a la clase social, más baja según los criterios locales. Pero muchos campesinos están decididos a seguir la lucha hasta el final. Otros cuantos ya decidieron renunciar. Puede sonar a exageración pero muchos van por “vencer o morir”. Otros tantos van al pueblo a extrañar el campo.
–¿Qué controles reales existen en el campo?
–En materia de precios, en el Chaco no hay controles de parte del Estado. En lo que respecta a fumigaciones y contaminación por agrotóxicos, hace poco tiempo la Legislatura provincial aprobó una ley para reglamentar ese tema. Pero sabemos que no tiene mayor respuesta si no existe, como en todos los temas, una fuerte presión por parte de los damnificados.
–¿Se puede lograr un modelo que también los incluya?
–Claro, porque el tema de la competencia en producción es bastante sencillo. Las claves son garantizar volumen, calidad y continuidad para las demandas de los diferentes mercados. Los campesinos organizados en empresas sociales podrían lograrlo en el breve tiempo, sólo hace falta acompañamiento para la producción en escala, la gestión de una empresa social, apoyo económico y la comercialización, que sería directa al consumidor
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