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domingo, 17 de enero de 2016

La otra parte de la historia

Por Sandra Russo
¿Quiénes somos, compañeros? –le pregunta Milagro a la multitud desde un pequeño escenario. Los que la escuchan son cabecitas negras en el más literal sentido de la expresión. Son los cabecitas negras y ojos quechuas de lo que entonces, cuando ese acto fue filmado, era un territorio de los que diez años antes, en los ‘90, habían sido declarados territorios inviables por las políticas neoliberales de Menem y Cavallo. El documental Milagro en Jujuy es de principios de la década pasada, y fue dirigido, las vueltas de la vida, por quien acaba de ser nombrado al frente de Canal 7, Miguel Pereira, director, antes, de La deuda interna. Por ese entonces, mientras este país estallaba, en Jujuy había una organización que ya tenía diez años de vida, y de vida agitada, convulsionada, de pelea y lucha permanente. Desde el primer día Milagro había estado al frente.
–¿Quiénes somos, compañeros? –grita ella.
–¡Tupac Amaru! –le contesta la multitud.
–¿Quiénes somos, compañeros? –vuelve a preguntar ella a las largas columnas profusamente embanderadas de blanco que colmaban el centro de San Salvador.
–¡Tupac Amaru! –vuelve a gritar la multitud.
–¿Qué queremos, compañeros? –sigue Milagro su rito entre los suyos.
–¡Trabajo, educación, salud! ¡Trabajo, educación, salud! –se escucha el bramido popular desde la plaza.
Había visto el documental de Pereira, pero él fue muy gentil al cederme el material en crudo para que yo pudiera observar más. Fue en 2009, cuando comencé el trabajo que me llevó varias veces a Jujuy para escribir un libro sobre la historia de la Tupac Amaru (Milagro Sala, Jallalla), una organización enorme que a pesar de que ya tenía una larga historia, había crecido en silencio, ignorada, no reflejada en los medios de comunicación. Necesitaba rastrear ese tipo de materiales, de los que había muy pocos, porque Milagro casi no hablaba. Poco antes había llegado hasta su casa de Cuyaya, la misma donde ayer la detuvieron, creyendo que me encontraría con una dirigente dispuesta a narrar los hechos que la habían colocado en ese lugar, al frente de esa organización, pero no.
Esa tarde Milagro no bajaba. Tomábamos mate, y más mate y más mate con su marido Raúl y algunos compañeros, y ella no aparecía. Cuando ya era evidente que algo pasaba, vino ella y me encaró. “Si querés hacé el libro. Andá, mirá, conversá con el que quieras. Pero yo no quiero hablar. No soy mediática”, me dijo. En uno de los viajes posteriores finalmente me dedicó una hora de grabación, pero eso fue todo. Así que el material en crudo de Pereira me permitió ver escenas del pasado, cuando la organización recién se consolidaba, y cuando miles y miles de jujeños de los bolsones de pobreza más duros del país ya empezaban a darle forma a lo que Milagro los empujaba: la organización social.
Todo vuelve, todo es circular, todo es espeso. Aquel libro surgió después de una denuncia contra Milagro del entonces senador radical Gerardo Morales, el gobernador que ahora prohíbe por decreto la protesta. En ese momento estas cartas ya estaban echadas: Morales denuncia a Milagro por crear un “estado paralelo”. Justamente él, un miembro del gobierno de la Alianza, uno de los promotores del Estado ausente para los pobres.
Todo vuelve, todo es circular: el núcleo original de la Tupac Amaru, empezando por la propia Milagro y los primeros que pusieron en marcha la organización, habían sido empleados públicos a los que los ajustes neoliberales habían dejado en la calle. Esos ex miembros de ATE se habían quedado sueltos y solos. A principios de los ‘90 el hambre corroía sus estómagos. Nadie se movía del barrio porque al centro de la ciudad no tenían ni cómo ir, ni a qué. La pobreza profunda había quedado escondida, y una de las irreverencias de Milagro fue exponerla, mostrarla, organizarla, darle cauce, en un movimiento solitario durante muchos años en los que en este país había una grieta, pero los que estaban del lado oscuro eran invisibles.
Milagro pudo tener otro destino, porque fue abandonada por su madre y adoptada por una familia de clase media. Tenía padre, madre y hermanos. Pero no pudo soportar que le hubiesen ocultado su origen, y cuando se enteró, adolescente de catorce años, se fue de esa casa a vivir en los barrios. La primera noche cuando se fue de su casa la pasó durmiendo en una camilla en el Hospital Pablo Soria, que era donde la habían abandonado.
Pasó unos años en la calle. Se juntó con pibes que vendían cocaína. La metieron presa junto con ellos, ocho meses, aunque después terminó absuelta. A lo largo de todos esos años se endureció, pero por un trasfondo personal más profundo que el político. Tenía la herida abierta de la mentira de su madre adoptiva, que le había inculcado que no está bien mentir. Incluso después de ser ella misma madre, cuando se ganaba la vida vendiendo cañitas voladoras en un puesto callejero, en las fiestas, se encerraba a llorar por esa herida. Se preguntaba siempre lo mismo: “¿Quién soy yo, de dónde vengo, por qué no conozco a mi mamá?”. Lloraba unas horas, y después volvía a salir, a veces a lustrar zapatos en la estación de micros, otras veces a vender helados.
Después consiguió trabajo en la administración pública, y todavía muy joven fue delegada de ATE. Jujuy ya ardía. El luchador social conocido en esos años era el Perro Santillán, que representaba a los municipales. La provincia fue un laboratorio del ajuste, una prueba de cuánto un pueblo era capaz de soportar. La conflictividad social iba en constante aumento. La pobreza allí era estructural, pero en ese momento se abrió una nueva grieta y por ella caían miles y miles diariamente en la indigencia. El desempleo había trepado en diez años del 5,8 al 16,4 por ciento. La subocupación arreciaba. Los niños se desnutrían.
Peronista desde su infancia, Milagro reencontró a Nando Acosta, un dirigente histórico de ATE que le consiguió trabajo y del que nunca se separó. Se conocían de antes, pero él militaba en una unidad básica del centro, y Milagro en una de un asentamiento. Y entonces, cuando el ajuste ya escupía indigencia a destajo y la política estaba envenenada de bipartidismo tramposo, una noche discutiendo con Nando en el local de ATE qué se podía hacer, resolvieron que él se iba a quedar en el sindicato y que ella iba a volver a los asentamientos, pero para organizar. “La ventaja era que la vagancia ya me conocía, y que me respetaba”, dice ella. En esa decisión estaba el embrión de la Tupac Amaru, que en los primeros años Milagro piloteó en esos barrios con los pibes que tenían como ella antecedentes penales. Ella sabía lo que era eso, sabía que daba vergüenza y que muchas veces esa vergüenza se volvía complejo y furia. Ninguno de esos pibes, y con algunos he hablado, esperaba que alguna vez llegara alguien a convocarlos para organizar copas de leche para los chicos del barrio.
No había un peso, así que los largos años en los que la Tupac Amaru fue desarrollándose como una organización barrial cuya principal actividad era organizar y coordinar las copas de leche para los niños de los bolsones de pobreza más duros de Jujuy, todo se hacía con pequeñas donaciones de los vecinos. No recibían donaciones como las que uno puede ver ahora que se acumulan en las catástrofes, porque el hambre de los niños en este país estuvo durante décadas naturalizado, y no se lo consideraba una catástrofe. Eran tarritos de azúcar, puñados de yerba para hacer el mate cosido, grasa o harina para los bizcochos.
Recién después llegaron los centros comunitarios, donde instalaban roperos para que los desarrapados tuvieran qué ponerse sobre el cuero duro de sus cuerpos. Peleaban por los planes que entonces sí eran indefectiblemente manejados por los punteros radicales. Peleaban por las bolsas de comida, que después se abrían en sus propios centros para distribuirlos. Y no alcanzaba nada. Los niños que habían alimentado al principio ya habían crecido y querían trabajo. No había. Los que la acusan del “Estado paralelo” no se habían olvidado de ellos: los habían contemplado así, hundidos, sometidos, como parte de la normalidad de la provincia. Para ese entonces Milagro ya había aprendido política con Germán Abdala, ya tenía en mente las cooperativas, pero pasó todavía más tiempo atendiendo urgencias hasta que un gobierno popular hizo posible el crecimiento de sus barrios, con sus casitas pintadas del color de los cerros. Hizo posible la creación de sus centros sanitarios. En uno de ellos instalaron el primer tomógrafo de la provincia. Hizo posible la creación de sus escuelas, donde desde el principio una de sus materias fue “Autoestima”.
No van a poder con ella. Milagro es fuerte, ha peleado toda su vida contra distintas adversidades, y siempre, por mujer, por colla, por negra, por pobre, por atrevida, la han repelido. Los que la van a defender son los que han crecido sanos y nutridos, instruidos y preparados, los que han nadado en las innumerables piletas que, como una fijación, Milagro ha multiplicado por todas partes. Ella les ha enseñado a nadar en la adversidad, y si hoy los juntara a todos, a los miles y miles que han tenido una vida digna gracias a su lucha colectiva, y les preguntara qué quieren, ellos contestarían lo que cualquier pobre del mundo: salud, trabajo, educación.

sábado, 27 de junio de 2015

Los ’90 globales

or Sandra Russo
Hace dos semanas, me esforzaba en este mismo espacio para intentar desencriptar, aunque sea un poco, algunos ítem de los distintos tratados de libre comercio que Estados Unidos negocia en diferentes regiones del mundo, todos ellos con una zona opaca a la que los pueblos no tienen acceso. Digo “me esforzaba” porque a todos nos gusta entretenernos, incluso a los que escribimos, pero estamos en una instancia en la que hay que considerar la pulsión de esta época al entretenimiento como una de las piezas clave que permiten moverse con tranquilidad a los factores del poder real. Mientras esa pulsión, que antes estaba reservada a un género periodístico o televisivo, ha revestido la torta global como un glasé y cada vez menos gente soporta leer de corrido notas ásperas y complejas, el mundo se vuelve a cada instante más áspero y complejo.
En aquel caso, el tema era el TTIP y su cláusula madre, la ISDS, que plantea que en los futuros litigios entre las grandes corporaciones y los respectivos Estados, no intervendrá la Justicia del Estado en cuestión sino un equipo de árbitros privados. Eso equivale al desmantelamiento de los andamiajes jurídicos europeos y el asomo de una Justicia privatizada y al servicio del mercado. Se sugiere repasar la última oración. Si logran darle cuerpo a esa Justicia privatizada –o logran imponer, como en el caso escandaloso de la FIFA, la Justicia extraterritorial de Estados Unidos no ya porque el dinero haya pasado por su territorio, sino porque un correo electrónico que pasó por un servidor norteamericano también puede ser usado como prueba y habilitar la actuación de la Justicia de ese país–, estaríamos en presencia de la maniobra más brutal del neocolonialismo, que ya no pasa por la extensión territorial sino por la ampliación de su jurisdicción para dictar reglas de juego.
La escala de la maniobra es global. Esta semana, muy lejos de Estrasburgo, en Panamá, nuevas filtraciones de Wikileaks permitieron saber algo de cómo se están desarrollando las frenéticas negociaciones secretas del TISA (Trade in Services Agreement). Según un informe del periodista Marco Gandásegui, cincuenta países llevan adelante esas negociaciones, asesorados por funcionarios de Estados Unidos y la Unión Europea. Como el TTIP, el TISA plantea un cambio radical en el orden mundial: se trata en todos los casos de alianzas neoliberales de dimensión planetaria, y ponen sobre la mesa el nuevo y verdadero objeto de lucha, que es el geopoder. Para asegurárselo, Estados Unidos apura esos tratados, antes de que China y Rusia, por un lado, tienten a los diferentes países miembros con negocios más convenientes, y por otro antes de que el secreto trascienda y en los distintos países se construya masa crítica para rechazarlos.
El TISA abarca telecomunicaciones, servicios financieros, seguros y transporte, comercio electrónico, entre otros rubros cuyas condiciones de intercambio se pretende dejar regulada ya con la firma del tratado. Lo urgente que hay que entender es que esas regulaciones que vienen en combo con los tratados vulneran en casi todos los casos las respectivas leyes nacionales, autonómicas o municipales. Es decir: mientras a la luz del día distintos foros internacionales profundizan la necesidad de regular los mercados financieros y sobre todo a su carroña, que no es una excepción sino un subproducto inherente a esta etapa del capitalismo, desde el poder central de Occidente se intenta firmar bajo cuerda tratados que no tienen por objeto comerciar libremente, sino ganar la pelea de la hora, que como hemos visto los argentinos con el bizarro caso del juez Griesa, es la pelea por la jurisdicción. Las corporaciones, como los buitres, que las inspiran, quieren asegurarse una jurisdicción propia, que las ponga a salvo de cualquier regulación futura, sobre todo cuando en Europa del sur se insinúa la inspiración de un cambio.
De acuerdo con el informe de Gandásegui, están negociando el TISA y de hecho aceptando los cinco años iniciales de secreto que supone el tratado, todos los países latinoamericanos que integran la Alianza del Pacífico, a los que se suman muchos países asiáticos. La exigencia mayor es que se eliminen todos los controles de los mercados financieros, incluso sus residuos derivados de la crisis de Wall Street de 2007. Va de suyo que los países que lo firmen quedarán a expensas de los buitres, aunque finalmente muchos de esos países firmen como fachada nueva legislación global al respecto.
En paralelo a estos esfuerzos secretos cuya opacidad sólo se explica por su propia naturaleza predadora, hay otras señales que indican que, en efecto, si hay un círculo rojo, no es autóctono ni mucho menos está integrado por periodistas de una señal local opositora. Lo más parecido a un círculo rojo que se conoce se reúne una vez por año en Holanda o en Austria –donde nació el neoliberalismo en los ’50–, y se llama Grupo de Bilderberg. Lo que más se sabe del Grupo de Bilderberg es que no se sabe nada. Año tras año se reúnen, como a principios de este mes, en una localidad del Tirol austríaco, sin que ninguna cobertura periodística de un gran medio se esfuerce en dar cuenta de lo que allí sucede. Es más: este año hubo periodistas de grandes medios invitados, pero a condición de que no revelen qué escucharon. Vaya si no hay que repensar a qué se le llama periodismo.
El secreto, sin embargo, se fragmenta un poco cada año. Esta vez el Grupo inauguró una página web con consideraciones tan generales que parecían pronunciadas por Sandra Bullock en Miss Simpatía. Trascendieron algunos nombres de los cien invitados anuales, aunque se presume que ni siquiera ellos son los dueños de la torta y su glasé, sino sus CEOS, sus altos ejecutivos, sus delegados. Estuvieron, como el año pasado, representantes de Google y Yahoo!, presidentes de empresas como Airbus, Lockheed Martin, Chevron, Exxon Mobil, BP, AT&T, Bell-South, además de los dueños de algunos grandes bancos como el Santander, más los primeros ministros de Austria y Bélgica, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, o el ex presidente de la Comisión Europea José Manuel Durao Barroso. La invitación que más impresión causó fue la de Pedro Sánchez, actual secretario general del PSOE español, ya que no hubo invitación para nadie del PP. El Grupo de Bildenberg, al parecer, pone en el PSOE sus esperanzas en las elecciones generales españolas de este año.
Algunas ideas que trascendieron de la reunión, según el periodista Carlos Santamaría de RT, son la necesidad de cohesión de la elite global frente al desafío de nuevas grietas en su proyecto de gobernanza del mundo. El surgimiento de la multipolaridad es básicamente frente a lo que se pertrechan. Analizaron casos puntuales que consideran amenazantes, como la reciente ley de impuesto a la herencia ecuatoriana. Quieren evitar réplicas. Discutieron también la necesidad de concentrar poderes político-militares, y dónde creen prioritario actuar. América latina es uno de esos lugares. El otro frente donde evaluaron que hace falta más acción es la ex Europa del Este y los países bálticos, destinados ya a la movilización de tropas de la OTAN con el pretexto de “la amenaza rusa”, no tanto por sus misiles, sino por sus gasoductos. También sembrarán más violencia en Siria y en Irak, combatiendo al terrorismo que ellos mismos formaron y reclutaron para sacarse de encima a tiranos que no les regalaban el petróleo. Uno de los análisis críticos que circuló después de la reunión y con la información que se obtuvo, es que ese círculo rojo concentra hoy la capacidad de “la organización del desorden controlado” en todo el mundo. Parece un cuento de Orwell, porque Orwell era un visionario.

sábado, 15 de diciembre de 2012

La templanza




 Por Sandra Russo
Aunque desde hace diez años Susana Trimarco es un nombre público en la Argentina, y aunque ese nombre devino con el tiempo en el símbolo de la lucha contra la trata de personas, esta semana ella se resignificó de un modo abismal. Hubo un país que la miró no llorar cuando absolvían a los trece acusados por el secuestro y la desaparición de su hija. Que la miró recibir ese golpe con los ojos abiertos y secos de quien ya ha llorado toda la medida de lo humano. Un país miró esa enorme capacidad de impacto, y la reacción que inscribe a Susana Trimarco en la saga argentina de las madres en lucha. De eso tenemos una tradición.
Dos días antes, ella había recibido de manos de la Presidenta el Premio Azucena Villaflor a los Derechos Humanos, en la Plaza de Mayo. Estaban las Madres y las Abuelas. Refiriéndose a otro tema, la ley de medios, pero acertando en el pulso inminente de Susana Trimarco, la Presidenta dijo: “Cómo no vamos a esperar unos días, unos meses más, si ellas han esperado más de veinte años para tener justicia por sus hijos”. “No me van a ver llorar. Tengo el doble de fuerza, y no voy a parar hasta ver presos a los que se llevaron a Marita”, dijo el jueves Susana Trimarco, en su propia reconversión de la adversidad en motor.
Exactamente ahí es donde estas mujeres a las que tributamos emergen como lección, o faro. Han hecho del dolor su fuerza, y de su fuerza su paciencia. Han tenido el objetivo transparente de la justicia y no han dejado de actuar y de operar sobre la realidad ni un solo instante mientras eran pacientes. A lo largo y a lo ancho del país, a través del tiempo, por diferentes causas, hubo y hay muchas otras madres que expresan esa tradición.
Cuando uno habla de Susana Trimarco habla de Marita Verón, porque eso es lo que ella comunica, como lo han hecho desde hace treinta y cinco años tantas otras: Susana Trimarco no existiría para ninguno de nosotros si aquella tarde de abril de 2002 Marita hubiese regresado a su casa. Y ése es el sentido perfecto, redondísimo, del amor de esa madre por su hija: hacerle a Susana Trimarco la justicia que está a nuestro alcance, equivale a no dejar de nombrar a Marita Verón. Su secuestro y desaparición se hubiesen perdido en el olvido si no hubiese sido por la manera en que su madre elaboró su duelo. Fue no permitiéndolo, interponiéndose.
Son nombres que quedan incrustados en la historia, como lo fue el del soldado Omar Carrasco, cuyo crimen, que no fue el primero sino el último, generó el fin del servicio militar obligatorio. Antes que Carrasco habían muerto muchos otros colimbas, pero el hechizo de la domesticación de las conciencias –o las subjetividades, como se prefiera– había consentido esas muertes dudosas de soldaditos. Y de pronto, la de Carrasco fue una muerte intolerable, porque fue más allá de la política y entró directamente en la cultura. Aquella sociedad que seguía consintiendo tantas otras injusticias, dejó de aceptar que sus hijos varones fueran iniciados de acuerdo con el paradigma militar. Lo militar fue revisualizado como la posible vocación de algunos, pero no como la obligatoria introducción de todos.
Hoy este país está reviendo la trata de personas, en el sentido más literal: la está volviendo a ver, la ve porque Susana Trimarco nos ha obligado a enterarnos de que la trata no es abstracta aunque transcurra en los subsuelos o los alrededores, o detrás de pantallas o relacionada con las policías o distintos poderes. Nos ha obligado a entender que no escandalizarse es consentir. Nos ha traído, rescatadas, de esos antros, a mujeres que dieron su testimonio. Mujeres que fueron secuestradas y víctimas de una sucesión de delitos emparentados con la oferta sexual. Ahí se abren nuevos ejes, que seguramente tienen mucho que ver con lo que ha sucedido con la instrucción y la sentencia absolutoria. Uno de ellos nos obliga a preguntarnos por la diferencia entre la clientela de la prostitución y la clientela de la trata.
Es la actitud de Susana Trimarco lo que la envuelve como un aura. Uno la observa, tratando de descifrar qué es lo que la hace tan alta, tratándose la suya tan evidentemente de una estatura moral. El fallo tucumano que revictimizó a Marita Verón fue tan bajo, entre otras cosas, por el choque con la estatura moral de Susana. En la noche del martes, la Argentina presenció en directo la escenificación de lo alto y lo bajo. Lo bajo fue el fracaso de la Justicia, por los motivos que fueren. Lo alto fue Susana. Una señora de su casa que fue arrancada de esa placidez para internarse en prostíbulos de parajes perdidos, en whiskerías de ruta, en historias de un dolor intransferible.
Esa señora fue la que vino a decirle a la sociedad argentina que lo que se creía que era el mundo de la prostitución encubría otro mundo muy distinto, mucho más abismal, de esclavitud literal: Susana Trimarco vino a hablar de la trata, que no estaba lejos sino incrustada en muchos lugares. De un delito que implica secuestro y degradación. De lo que sigue hablando hoy Susana Trimarco es de las conexiones de la trata con las instituciones.
No deja de asombrar esa mujer y ese atributo que la vuelve alta. Es su temple. Su conexión con una causa de profundidades insondables. En esas aguas interiores, Susana y Marita no se han perdido la una para la otra. Se han fundido. Fuera de la metáfora, fuera del modo de decir. Marita está en Susana cuando Susana escucha la sentencia absolutoria de quienes ella está segura que secuestraron a su hija. Todos a su alrededor gritan, insultan, festejan, lloran, alzan los puños, se exteriorizan. Susana no. Se retiene. Se pone en contacto con su propio motor, que es el deseo de justicia. Ya ahí adentro, en la sala colmada, Susana encuentra su eje. No llora. No dice nada. Se deja llevar de la mano de su abogado, hasta recomponerse. Y cuando habla, vuelve a la carga. Susana Trimarco es la templanza. De eso están hechas todas las civilizaciones. Sin eso no se construye nada. La templanza consiste, en este caso, en el uso activo, incesante y filoso de la paciencia.