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lunes, 14 de mayo de 2012

Entrevista. Benigno López. Referente del frente nacional campesino

Pequeño productor, trabajador de la tierra, una persona que mediante sus manos y fuerza siembra y cosecha, cuida la tierra y la naturaleza que le da los productos, frutos para su subsistencia, y también para vender y comprar lo que la tierra no le puede dar en forma directa. Pero, ¿cuál es el significado más profundo para este actor social que sigue estando del lado más desigual en la lucha por la tierra que trabaja y conoce desde que nació? “Es el pedazo de territorio donde él y ellos tienen soberanía, ahí piensan, ahí sufren, ahí se alegran, ahí sueñan y tienen esperanzas. Los campesinos se aferran a su pedazo de tierra, su patria chiquita, porque les da identidad, cierta autonomía y les genera esperanzas, a pesar de las malas campañas agrícolas, malos precios, sequías e inundaciones”, cuenta López.
–¿Y por qué siguen eligiendo esa tarea?
–La historia y la cultura de esas familias campesinas hacen una identidad: tienen pasado, presente y sueñan con el futuro. Particularmente, la cultura campesina del noreste y noroeste está muy aferrada a la tierra. Son trabajadores que cuando pierden la tierra se convierten en desarraigados, y se sienten un poco derrotados, como exiliados en su país. Un sentimiento común del campesinado en la Argentina es que su producción no es valorada, no es tenida en cuenta como corresponde por las autoridades. Normalmente los precios que se pagan por los productos son irrisorios y se ve cómo se invierte desde el propio Estado en los agronegocios. Por ese lado, los campesinos siguen postergados.
–¿Cómo es la respuesta de los hijos del campesino actual?
–Para los hijos, la producción campesina hoy no es rentable, por eso buscan alternativas para vivir o progresar. Aparte, ser joven campesino es pertenecer a la clase social, más baja según los criterios locales. Pero muchos campesinos están decididos a seguir la lucha hasta el final. Otros cuantos ya decidieron renunciar. Puede sonar a exageración pero muchos van por “vencer o morir”. Otros tantos van al pueblo a extrañar el campo.
–¿Qué controles reales existen en el campo?
–En materia de precios, en el Chaco no hay controles de parte del Estado. En lo que respecta a fumigaciones y contaminación por agrotóxicos, hace poco tiempo la Legislatura provincial aprobó una ley para reglamentar ese tema. Pero sabemos que no tiene mayor respuesta si no existe, como en todos los temas, una fuerte presión por parte de los damnificados.
–¿Se puede lograr un modelo que también los incluya?
–Claro, porque el tema de la competencia en producción es bastante sencillo. Las claves son garantizar volumen, calidad y continuidad para las demandas de los diferentes mercados. Los campesinos organizados en empresas sociales podrían lograrlo en el breve tiempo, sólo hace falta acompañamiento para la producción en escala, la gestión de una empresa social, apoyo económico y la comercialización, que sería directa al consumidor

Banquineros, o cuando el campo produce exclusión en el siglo XXI

Llamados así porque duermen en las banquinas de las rutas chaqueñas y santiagueñas, fueron echados por el avance de los grandes pooles de siembra que los dejaron sin tierras y sin agua potable debido al uso de agrotóxicos.
El viaje comienza el 17, día mundial de la lucha campesina, en conmemoración de los 19 brasileños del Movimiento Sin Tierra (MST) que en 1996 fueron asesinados mientras reclamaban y defendían su derecho a la tierra y a la producción de alimentos. El camino desde Santiago del Estero a Tres Isletas, Chaco, es lento. Saliendo de madrugada, se llega recién al mediodía, cuando el sol, sin exageraciones de por medio, calcina. Los 30 metros entre la banquina y el comienzo de una hectárea de soja de propiedad privada también están sembrados con soja. Al costado de la ruta se ven avionetas prontas a salir desde un pequeño hangar que publicita en letras enormes “Aeroaplicaciones”; también mansiones en construcción, propiedad –según cuentan los vecinos– de los grandes productores chaqueños, responsables de sembrar arroz, soja, maíz y sorgo transgénicos.
Durante el trayecto, Juan Carlos Tato Figueredo, del Instituto de Cultura Popular (Incupo), recuerda constantemente la lucha de Zenón Ledesma, el primer presidente del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase), y la del sacerdote Roberto Kilmate, sobreviviente de la masacre de los curas palotinos, durante la última dictadura militar. “Ellos iniciaron el camino de la lucha en Los Juríes en 1985, cuando 400 familias que ocupaban 120.000 hectáreas, al igual que sus antepasados indígenas, ‘los juríes’, resistieran la nueva Conquista del Desierto.” Roberto, acompañado por integrantes de Incupo, fue el que ayudó a los campesinos a organizarse y a resistir peleas, tiros y topadoras. La reapertura de la desmotadora de algodón, la participación comunitaria y el asesoramiento constante del Inta (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) posibilitó a los campesinos formar la Cooperativa Agropecuaria Unión Campesina: del productor al consumidor.
“Hay tres tipos de problemas en este campo, que nos afectan a todos: territoriales, ambientales y sociales. La falta de control a las grandes producciones está desplazando los cultivos tradicionales de los pequeños productores, como el algodón, maíz, girasol, trigo y caña de azúcar, y continúan los desmontes ilegales y los incendios intencionales”, cuenta Oscar Gamarra, presidente de la Unión de Pequeños Productores del Chaco (Unpeproch), organización que tiene 25 años de existencia, que representa a 750 familias y que ha recuperado unas 20.000 hectáreas con título de propiedad para las familias que hace más de 20 años que trabajan la tierra.
Son estos campesinos los que aseguran: “Sentimos que no pertenecemos a este país, que no tenemos derechos. No podemos tomar agua, hasta nos están quitando ese derecho. Pero nuestra permanencia y resistencia continúa. Se dice ‘no más al desalojo’‘ y los jueces siguen dictándolos. Lamentablemente, todavía no se está contemplando a los pequeños productores, y por eso luchamos, para que se definan mejores políticas para los campesinos”.
Según el observatorio de la Red Agroforestal Chaco Argentina (Redaf), los conflictos por la propiedad de la tierra suman casi 3 millones de hectáreas, y afectan directamente a 18 mil familias, que equivalen a 128 mil personas.
Abel es de Raíz Chaqueña, un pueblo que queda a 60 kilómetros de Pampa del Infierno y el que más sufre la contaminación. “Allá no hace falta analizar el agua, con probarla ustedes solos se van a dar cuenta.” Él se animó a hacer una denuncia pública en un diario local. “Empezaron a morir todos los peces que había en las cunetas al mismo tiempo que empezaron las fumigaciones aéreas sobre las grandes plantaciones de algodón que rodean mi tierra. Campo adentro empezamos a encontrar cadáveres de víboras y sapos, y el agua que tomábamos, que ahora te mata hasta por el olor.” Abel recurrió a la Justicia y llegó a ir a juicio con el productor, pero la sentencia no fue favorable: el responsable se justificó señalando al peón, y el peón se justificó diciendo que no sabía leer y que confundió, mezcló y sobredosificó las plantaciones con los diferentes venenos. “Siempre es lo mismo, ya van más de 20 juicios que perdemos por ese invento. Y vas viendo cómo muere todo el pasto, cómo con la lluvia y la humedad el veneno se distribuye, cómo flotan las latas de veneno en los canales de donde nosotros tomamos agua.” La denuncia también incluía a los médicos de los hospitales llenos de casos de infecciones urinarias, cáncer en los riñones, abortos. “Pero la mayoría de los médicos también están en eso, hasta participan en los pooles de siembra. Colaboraron a que le echen cloro al agua, pero no duró más de una semana. Ahora seguimos sin poder tomarla.”
Los reclamos en común de los campesinos del Chaco van desde los desalojos sistemáticos que sufren desde el ’83, los informes de contaminación que debía presentar la provincia y se “perdieron” en el camino, la quema de tierras con agrotóxicos que la dejan inservible, y la ausencia de un lugar para hacer este tipo de denuncias. “Si vas a la policía, te toman una declaración y queda ahí. O a veces, cuando volvés, te dicen que la perdieron. Sumado a que se sancionó la Ley de Biocidas y no se respeta.” En Chaco, la norma 3378 obliga a no fumigar a menos de 1 kilómetro de zonas pobladas, y establece que existan diferentes controles sobre el manejo, almacenaje y uso de los agroquímicos. Datos de la Redaf advierten que el consumo de glifosato por hectárea aumenta en la misma parcela año a año, por la resistencia que van adquiriendo las malezas. Por ejemplo, en 1996 se comenzó fumigando con menos de dos litros por hectárea, y hoy existen zonas que están por arriba de los 10 litros por hectárea.
“Acá nadie está instruido sobre la ley ambiental: la policía toma la denuncia pero no sirve. Y siempre termina quedando el reclamo de un lado y la gente que dice que la promulgó del otro”, afirma Hugo Celusalsky, vicepresidente de la Unpeproch. “Antes, en un pozo de 30 metros de profundidad conseguías agua buena, ahora recién a los 50, y eso es por causa de la sobresiembra: se cosecha soja, después plantas de girasol, y después se vuelve a plantar soja. Eso provocó que una hectárea que hace 10 años salía 350 pesos, ahora cueste de 3.000 a 7.000; y también les quitó el trabajo a los cosecheros de algodón, que antes eran 30 personas durante todo el año, y ahora con la llegada de los camiones son sólo tres o cuatro personas trabajando.”
Otro de los problemas recae sobre los hijos de los campesinos que quieren quedarse en el campo y que no tienen tierras porque algunos las fueron vendiendo para irse al pueblo. “Tendría que haber una respuesta para el que quiera vender. El gobierno provincial podría reconocerle las mejoras que haya hecho durante los años que trabajó la tierra y dejársela a otra persona para que la continúe”, piensa Celusalsky en voz alta. Las cincuenta personas que lo rodean asienten.
Matías tiene 17 años, cursa el último grado de la primaria y es banquinero. “Somos familias que vivimos al costado de la ruta”, cuenta. Sólo 300 familias son del departamento General San Martín, y no tienen luz ni agua. Muchos de ellos fueron expulsados mediante la fuerza del pedazo de tierra en el que nacieron; otros trabajaban en estancias, pero cuando dejaron de ser útiles para la cosecha perdieron hasta la casa. Y todos fueron a parar allí. Es el caso de Francisco, que era peón e hijo de campesinos. “No tuve miedo de venir a probar otra vez al propio campo”, cuenta. “Depende de la ruta, hay algunas banquinas que tienen 30 metros de lugar, otras 50 y otras 100, y con todo ese espacio libre se pueden hacer chacras, criar animales, plantar cualquier cosa.” También hay familias de jóvenes, con dos o tres hijos, otros con suegros, cuñados en un espacio muy chico.
Hace más de 10 años se creó una Mesa de Tierras conformada por banquineros y organizaciones que los apoyan. Pedían un pedazo de tierra para tener lo mismo que tienen en las banquinas, pero sin correr todos los peligros que vivir ahí implica. “Durante 10 años nos dijeron que no tenían ni un metro cuadrado para darnos, que no existían tierras fiscales.” Recién en 2009, el Estado provincial compró tierras a través de una Ley de Expropiación. Ese mismo año, pudieron construir una escuela, a la que asiste Matías y más de 200 jóvenes además de él. Ahora quieren conseguir una escuela secundaria. “Somos jóvenes de 17 años que pensamos en el futuro, en nuestros hijos y en lo que queremos dejarles. Pero, por sobre todo, transmitirles el derecho que todos tenemos de defender nuestra tierra y a nuestros compañeros.”
Patricia y Gabriela tienen 13 y 15 años. Viven casi en el límite con Formosa, a tres horas de distancia de la escuela número 2, más conocida como “La agrícola”, que existe desde hace cinco años. “Está bien campo adentro”, cuentan, y comienzan a hablar hasta por los codos. Van cada 15 días, pero se quedan 15 días al mes. “Nos vamos turnando: primero van los de 1° y 2° grado, los otros 15 días van los de 3°, 4° y 5°; ahí nos bañamos todos los días, dormimos, cocinamos, nos vamos turnando.” Allí aprendieron a hacer pan, facturas para el desayuno, salsas para los fideos y el arroz. Además de las materias comunes a cualquier escuela, la Agrícola enseña a armar y cuidar una huerta y animales, que luego serán consumidos por ellos. Patricia está en primero, Gabriela en segundo. Su papá, Aldo, casi no habla, sólo mueve las manos constantemente como una especie de mago que hace aparecer hierbas de todo tipo y para toda dolencia. Recién pudo darles para pagar los viajes a la escuela cuando recuperó algo de su campo que había sido quemado con agrotóxicos. Sin embargo, el campo de su vecino quedó inservible y ahora, además de vender esos remedios naturales, cosecha alfalfa para él.
Entre tantas voces masculinas, las mujeres no se quedan atrás. Son cincuenta representantes campesinos y 20 son mujeres. Pero aclaran: “No hay una organización aparte. Estamos todos juntos, si no no vamos a poder organizar nada separados”.
Los grandes silencios y las pausas al hablar son la característica principal. Hablar, tocarse una mano con la otra como si se estuvieran lavando las manos con agua imaginaria, también. Queda una pregunta en el aire que alguien hace, pero nadie contesta, aunque no hay uno que no se quede pensando: “¿Qué nos depara el futuro?”.

Todo el poder a la voluntad

Igualdad y respeto en el siglo XXI. La sanción de las leyes de Identidad de Género y Muerte Digna ubicó al Congreso a la altura de los avances que viene dando la sociedad. Qué dicen y qué modificaciones concretas plantean las nuevas normas.
Algunas cuentas pendientes legislativas del año pasado quedaron saldadas. Las leyes de Muerte digna y de Identidad de género son un hecho. Y muchos sectores que militan desde hace años por avanzar en su ampliación de derechos festejaron en las calles cercanas al Congreso Nacional. Sin embargo, ¿qué significan exactamente cada una de las flamantes normas?
El primer proyecto de ley sobre identidad de género fue presentado en 2007, pero no logró su discusión hasta mediados de 2010, cuando se aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario. “Esto generó que el Congreso se abriera a debatir estos temas. Es por eso que de las cinco iniciativas que había, consensuamos un texto que contenía a todas”, cuenta a Miradas al Sur Esteban Paulón, presidente de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt). “Desde agosto, hemos logrado poner el debate en comisiones; ahora es una realidad”, agrega con felicidad.
El alcance de la norma reconoce el derecho de toda persona a solicitar la rectificación de su nombre y sexo registral, de manera gratuita. Esto implica la generación de un nuevo DNI que respeta el número de documento y el apellido de la persona, pero adaptando el nombre de pila al género que solicita la persona. Sin burocracia de por medio, ahora la persona que quiera cambiar su nombre no deberá acudir a la justicia, sino al Registro Civil. Cabe destacar que los trámites son gratuitos y no requieren la intermediación de ningún gestor o abogado.
Es el artículo dos el que garantiza que “se entiende por Identidad de Género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo”, que además contempla la modificación en los aspectos físicos, ya sea por tratamientos hormonales o intervenciones quirúrgicas.
Otro punto es el reconocimiento al acceso integral a la salud del colectivo Trans, que brinda la posibilidad de someterse a una operación de reasignación de sexo en cualquiera de los hospitales públicos del país. El artículo 11 contempla los tratamientos quirúrgicos u hormonales para adecuar su cuerpo, incluso su genitalidad, según se lo autoperciba. Asimismo, “todas las prestaciones de salud quedan incluidas en el Plan Médico Obligatorio, o el que lo reemplace, conforme lo reglamente la autoridad de aplicación”. Aunque ese apartado se convirtió en una de las leves resistencias, debido al costo económico que deben emprender las prestaciones privadas de salud.
Tras dos horas y diez minutos de debate, 55 votos a favor y una abstención fue el resultado. Los senadores de todos los partidos políticos se hicieron escuchar: “Establecer a partir de una ley la vía administrativa para la rectificación registral del sexo y cambio de nombre en los documentos de identidad, es el primer paso para empezar a revertir esta realidad de discriminación y violación constante de los derechos humanos por razón de identidad de género, y como dice la Falgbt ‘el derecho a ser’”, aseguró desde el Partido Socialista Rubén Giustiniani. Por su parte, la senadora del PJ Sonia Escudero sostuvo: “No es una condición que se exija para el cambio de nombre en el DNI el someterse a algún tratamiento. Si esa persona está cubierta por una obra social, me parece muy bien que lo cubra. Si consideramos que son 22 mil personas que integran este colectivo no estamos hablando de una gran incidencia en los costos de la salud privada”.
Esto viene a reconocer derechos, y a otorgar derechos a personas o colectivos de la sociedad que antes no los tenían, sin haber quitado un ápice de derecho a otras personas”, indicaron a través de un comunicado desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), quienes destinaron, desde el miércoles pasado, un departamento específico y una línea gratuita funcionando las 24 horas:             0800-999-2345      .
“El servicio de información y sensibilización que suma desde hoy a sus tareas habituales constituye el inicio de una campaña nacional para promover los cambios sustantivos que conlleva esta ley destinada a la población trans –travestis, transexuales y transgéneros– en Argentina”, aseguraron desde ese organismo.
“Con este paso, Argentina inicia el proceso de reparación histórica y democrática con toda la población trans del país. A nivel internacional este proyecto despierta muchas expectativas, ya que se transforma en una de las leyes que aborda esta temática más progresista y de vanguardia, y se convierte en referente para el movimiento trans de todo el mundo”, aseguró el Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género.
Muerte digna por unanimidad. La otra ley que se votó esta semana modifica varios puntos sobre Derechos del Paciente, otorgándoles a las personas internadas por enfermedades terminales el derecho a rechazar procedimientos de prolongación de la vida cuando le produzcan un sufrimiento significativo. Además, garantiza al paciente tener toda la información sobre su patología.
La norma establece que “el paciente que presente una enfermedad irreversible o se encuentre en estado terminal tiene el derecho de manifestar su voluntad en cuanto al rechazo de procedimientos quirúrgicos, de reanimación artificial o al retiro de medidas de soporte vital cuando sean desproporcionadas en relación con la perspectiva de mejoría o produzcan un sufrimiento desmesurado”. También afirma que el paciente podrá rechazar procedimientos de hidratación o alimentación cuando los mismos produzcan como único efecto la prolongación en el tiempo de ese estado terminal irreversible o incurable.
La iniciativa garantiza que el paciente –o sus representantes legales, en caso de que el internado no pueda manifestarse– tenga la facultad de expresarse luego de recibir por parte del médico interviniente “información clara, precisa y adecuada”.
La nueva norma explicita el criterio de “directiva anticipada”, por la cual el paciente podrá consentir o rechazar anticipadamente determinados tratamientos médicos, preventivos o paliativos, y decisiones relativas a su salud, aunque deberá hacerlo ante escribano público y con dos testigos.
La ley introduce además una cláusula de obligatoriedad que determina que “toda actuación profesional en el ámbito médico-sanitario, sea público o privado, requiere el previo consentimiento informado del paciente”.
Y, beneficiando la relación médico-paciente aclara que “ningún profesional interviniente que haya obrado de acuerdo con las disposiciones de la presente ley está sujeto a responsabilidad civil, penal, ni administrativa derivadas del cumplimiento de la misma”.
Selva Herbón, mamá de Camila, una niña de tres años que se encuentra en estado vegetativo, se mostró conforme con la decisión que impulsa desde el nacimiento de su hija, y que marcó el comienzo de la modificación de la ley. Herbón busca el retiro del soporte vital, que permite respirar y alimentarse, a su hija. Ahora muchas de las personas que nazcan con estos problemas podrán evitar los padecimientos del llamado “encarnizamiento médico”.