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Latinoamericaniando 9 de Noviembre 20130 La Guagua
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Inicio » Noticias, Ciencia y Tecnología, Ciencia Nueva tormenta solar sacude al Planeta Tierra (+ Fotos)
25 MAYO 2013 9 COMENTARIOS
Un destello solar que tuvo lugar este miércoles alcanzó este sábado la Tierra y causó una tormenta magnética.
Según las observaciones el destello en el Sol fue de clase M5. Las fulguraciones se clasifican según la intensidad de los rayos X en cinco clases o niveles denominados por las letras latinas A, B, C, M y X. El nivel mínimo, A0.0, corresponde a una potencia radiante en la órbita terrestre de 10 nanovatios por metro cuadrado y cada nuevo nivel presupone el aumento de la radiación en 10 veces.
En otras palabras, la intensidad del destello del miércoles fue bastante moderada, pero no su duración: se prolongó durante más de dos horas. Los especialistas no tardaron en advertir que puede aumentar la amenaza radiactiva para los astronautas si salen al espacio abierto y para los pasajeros y tripulantes de los aviones que sobrevuelen los espacios sobre los polos de la Tierra.La respectiva tormenta magnética que se ha producido este sábado en nuestro planeta es de una potencia mínima. Sin embargo, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU. (NOAA, por sus siglas en inglés) avisa que puede quebrar la radiocomunicación en los Polos Sur y Norte.
EL PAIS › OPINION De cartas, aniversarios y discursos
Por Eduardo Aliverti
Entre los muchos y reiterados episodios que día tras día ratifican quiénes son los jugadores en el partido de hacer pelota al Gobierno, justificadamente o a como sea, parte de esta columna trata de uno en particular. Con toda certeza, no se trata del hecho que más sueño masivo quita. Es, sólo, que al suscripto le parece muy contundente.
Por fuera de la notable manifestación popular del sábado, podría haberse elegido que el monto aumentado de la Asignación Universal por Hijo fue una noticia que no existió para los medios opositores. O, mejor todavía, que el anuncio presidencial sobre control de precios a cargo de organizaciones populares fue transformado inmediatamente en milicias de escrache inútil y violento. Sin embargo, la reacción mediática frente al reciente documento pareciera brindar un lugar de análisis mucho más amplio que el abordaje de las manipulaciones de prensa cotidianas. El texto de los referentes intelectuales, científicos y artísticos nucleados en Carta Abierta –que surgió en 2008 para oponer alguna mirada de análisis progresista y sosegado contra la bestialidad de la ofensiva campestre– es una pieza de gran valor teórico y denunciativo acerca de qué se persigue al fabricar y potenciar una atmósfera de pudrición, cuando hay gobiernos contradictores de ciertos intereses de clase. Está escrito en un lenguaje más enojado y a la vez más “abierto” que alguno de los anteriores. Citemos algunos conceptos de elección tan personal, resumida y descriptivamente alterada como de profunda articulación semántica. “Son actores de un relato que afirma la condición autoritaria y hasta dictatorial del Gobierno, para generar las condiciones de una irrevocable restauración conservadora. (...) El vodevil televisivo, el stand up ingenioso, el improperio pseudovirtuoso del periodista, puestos al servicio de una Justicia express que, una vez más, nos demuestra que todo está perdido mientras nos dejemos gobernar por un populismo de hipócritas (...). Sabemos que este conjunto de palabras apunta a erosionar la figura pública de un ex presidente, en una acción que se torna una respuesta de music hall para problemas que merecen otro tratamiento (...). Lo atacan, hasta la náusea, y utilizando todos los recursos a su alcance, por haber reinstalado la idea de que (...) lo justo no constituye una quimera inalcanzable o una reflexión académica, sino la práctica posible de un proyecto sostenido en los principios de la igualdad y la ampliación permanente de derechos. Lo atacan porque Videla murió en la cárcel y porque propone, con más costos que beneficios, que la Justicia puede y debe ser reformada (...). Una simple y rápida revisión del papel de ciertos medios de comunicación en nuestra historia, al menos desde Yrigoyen en adelante, permitiría poner en evidencia la falta de originalidad de la actual campaña desestabilizadora que se viene llevando a cabo en nombre del ‘periodismo independiente’. Otro tanto comprobaríamos con sólo echar un vistazo a lo que ocurre en otros países de la región en que los intereses de la derecha se complementan, perfectamente, con el funcionamiento de los grandes medios de comunicación. Nunca ha sido tan clara la intervención desestabilizadora de la máquina mediática puesta al servicio del establishment económico-financiero. Un lenguaje surgido de las letrinas amarillistas y de las gramáticas del golpismo histórico se despliega con virulencia insidiosa desde las usinas del poder mediático, que han dejado de apelar a cualquier tipo de argumentación para desencadenar, una tras otra, una batería de rumores, mitos urbanos de enriquecimientos olímpicos, denuncias indemostrables articuladas con una colección de personajes que van de los lúmpenes del jet set vernáculo a una ex secretaria despechada.”
Razonamientos de esta índole –que, reiteramos, son una ínfima porción cuantitativa del escrito de Carta Abierta– fueron reducidos por un título y columna de opinión de Clarín del viernes (entre otras reacciones) a que “Báez no existe y los denunciantes son nazis”, forzando el discurso –dice el copete– para presentar las denuncias como “antisemitas”. Si lo primero es inaguantable pero artificialmente efectivo, lo segundo es amoral. No hay en el texto una sola palabra ni intención de la prosa que invite a ignorar a Báez, sino la advertencia de que el caso Báez debe ser ubicado en el contexto de la guerra que Clarín le declaró al Gobierno. Y lo que el editor y el columnista de ese diario identifican como “antisemitismo” es un parágrafo en el que se avisa de los antecedentes de climas periodísticos donde se hace cabalgar con mayor o menor grado de ingenio a los jinetes del Apocalipsis. El colega que firmó esa nota de Clarín rotula como antológico y fascinante –por la negativa, por lo execrable– que la corrupción sea señalada por Carta Abierta como una verdad fundamental pero abstracta. Lo que se le perdió de vista es justamente que lo abstracto no pasa por ignorar las andanzas de Báez o de cualquiera de los empresarios amigos del Gobierno, sino por pretender que escribe desde una factoría de carmelitas descalzas. Pero sobre todo, porque lo antológico es en realidad creer (¿sí? ¿Se lo creen?) que la corrupción es un hecho totalizador por fuera del cual no existe absolutamente nada. ¿Ese es el fondo de todos los fondos? ¿Unos empresarios ligados al oficialismo enriquecidos en forma fraudulenta, dando por cierto que es así, son la medida principal o exclusiva para juzgar una etapa que mejoró la vida de la mayoría de los argentinos, y que no empeoró la de ninguno? ¿Acaso podría hablarse, siempre acordando con que las denuncias son veraces, de una corrupción sistémica, como la que rigió en el menemato? Para evitar confusiones, le damos la derecha a que no hay la corrupción buena y la mala. La palabra significa lo que significa y bajo ningún aspecto puede justificarse a quienes perpetran hechos de esa índole. Pero en términos de observación política, hay escalas diferentes si se trata de no caer en un análisis radicalmente parcializado. La corrupción de la segunda década infame fue inherente al modelo que se instauró, desde el momento en que era imposible llevar a cabo el remate del país sin recurrir a la violación expresa de toda norma de ética pública. Menemismo y corrupción fueron una pareja conceptual inseparable. En el caso de los hechos que hoy se ventilan, objetivamente, no hay otra cosa que el presunto o certero florecimiento económico personal de un grupo de íntimos del poder. Para usar cierta figura: no es serio convertir a una bóveda en el examen completo de uno de los períodos políticos más sustanciosos de nuestra historia, o por lo menos de las últimas décadas. Si queremos ser suaves, eso es trampa intelectual.
Los ejemplos acerca de esto último se renovaron, naturalmente, pero no tanto como para dejar de sorprenderse, con el tratamiento mediático tras el discurso de Cristina, el sábado. Casi no había terminado de hablar y el título a cabeza de uno de los portales opositores ya era que la Presidenta había rechazado que existiese un “fin de ciclo”. No sólo que jamás dijo eso, sino que, bien escuchado sin ningún esfuerzo, en verdad advirtió sobre los riesgos de que justamente puedan perderse todas o algunas de las conquistas centrales. Lo que hizo fue preguntarse si quienes mentan eso, el fin de ciclo, en lugar de referirse a resultados electorales inminentes, no estarán haciéndolo respecto de acabar con el piso de medidas como la Asignación Universal por Hijo, la estatización de las AFJP u otras. Lo que Cristina se interrogó fue si el nudo de la cuestión no vendría a ser el retroceso hacia las fórmulas que hundieron al país. Previno que no es eterna y que la condición necesaria es empoderar al pueblo, y que éste adquiera una dinámica propia de organización, como garantía de que no le arrebatarán los logros. ¿Alguien podría negar que transformar esos conceptos literales en el rechazo a la existencia de un fin de ciclo es impudicia periodística barata? Entendámonos. Si se señala que la celebración fue con milicias populares, como citó ayer algún columnista, uno tiene el legítimo derecho a pensar que el autor de la frase incurre ya en enajenación de la realidad. Si auténticamente se infiere que el Gobierno no admite otra definición que la de “cueva de ladrones”, o símiles, también puede colegirse que el status ideológico de esa gente es patético. Pero al fin y al cabo, son interpretaciones personales que, digamos, se prestan a la discusión. En cambio, si alguien –nada menos que la Presidenta, para el caso– dice literalmente una cosa y le titulan que apuntó literalmente otra, no estamos hablando (antes que nada) de posicionamientos políticos ni de conjeturas afiebradas. Estamos hablando de una manipulación obscena que, más allá de la vergüenza que provoca en lo profesional, habla primariamente de la catadura moral de quienes se erigen en los moralistas de la Nación.
Es probable, por no decir seguro, que reacciones o maniobras de esta naturaleza respondan al grado de impotencia que exhibe el arco rival en cuanto a presentar una opción creíble, expansiva, aglutinadora. Y es igual de probable o seguro que la manifestación del sábado haya provocado, en ese espacio antagonista, la comprobación –reprimida pero incontenible– de que el Gobierno conserva energía para dar batalla. Dirán, como dijeron y continuarán sosteniendo, que todo pasa por la 9 de Julio alfombrada de micros, por el choripán, por los planes sociales, por la extorsión, por el aparateo. Por las milicias pseudocamporistas que nos arrastrarán a ser Cuba o Venezuela. Pero puestos frente al espejo que ocultan, ni ellos se lo creen.
Es ése un paso insuficiente pero nada menor: por lo general, terminan ganando quienes están convencidos, por obra de cómo les va y de la comparación con cómo les iba.
El Gobierno convocó a elecciones de consejeros de la Magistratura Se promulgó la ley que reforma el organismo y los comicios se llevarán a cabo durante las primarias del 11 de agosto y durante las legislativas del 27 de octubre, según lo publicado hoy en el Boletín Oficial.
El gobierno promulgó hoy la ley de reforma del Consejo de la Magistratura y convocó así
formalmente a las elecciones de sus integrantes, que se llevarán a cabo durante las primarias del 11 de agosto y las legislativas del 27 de octubre como establece la propia norma, según publica hoy el Boletín Oficial.
Los comicios se realizarán en conjunto con las elecciones de diputados y senadores siempre y cuando la Justicia no de lugar a las medidas cautelares presentadas, por ejemplo, por la Asociación de Magistrados, que preside Luis María Cabral. En las PASO se elegirá a los precandidatos a integrar ese cuerpo colegiado que presenten los partidos políticos con representación en al menos 18 provincias.
La oposición ya había anunciado que, de promulgarse la reforma, inundaría los tribunales con amparos, ya que al día de la fecha solamente el Frente para la Victoria cuenta con este último requisito. Por lo pronto, el 22 de junio cierra la inscripción de listas.
Se elegirán en todo el país tres jueces, tres abogados y seis académicos (estos últimos encabezarán la boleta), que se sumarán a los tres jueces, dos abogados, un académico, tres senadores y tres diputados y un representante del Poder Ejecutivo que integran actualmente el Consejo de la Magistratura y todavía tienen mandato.
Según el artículo 11 del decreto que llama a las elecciones de los consejeros, la Cámara Nacional Electoral “procederá (el 11 de agosto) a realizar la sumatoria de los votos obtenidos en todo el territorio nacional por los precandidatos de cada una de las agrupaciones políticas, notificándolos a las Juntas Electorales de los partidos que harán la proclamación de los candidatos electos y a su vez lo notificarán al Juzgado Federal con competencia electoral de la Capital Federal”.
Tras tener cada partido sus candidatos, “las Juntas Electorales Nacionales de cada distrito efectuarán el escrutinio definitivo en la elección general (27 de octubre) y comunicarán los resultados de la categoría a Consejeros de la Magistratura a la Cámara Nacional Electoral, quien deberá realizar la sumatoria de los votos obtenidos en todo el territorio nacional por cada agrupación política y proclamar a los candidatos que resultaren electos por la mayoría y por la minoría, haciendo entrega de sus diplomas”
CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR De qué se trata
or Juan Sasturain
Para Marcelo Birmajer, mi amigo,
que quiere lo mismo
pero piensa distinto.
que quiere lo mismo
pero piensa distinto.
Esto va a ser un repertorio de obviedades. Tratar de responder a la pregunta fundacional: de qué se trata. Qué es lo que está pasando hoy. Uno, como la mayoría, no tiene vocación militante, ni siquiera política. Apenas si tiene opiniones, formas de entender lo que pasa que a veces –fruto de la experiencia o la simple Historia que nos suele pasar por arriba– llegan a ser convicciones, y trata de formularlas sólo cuando la realidad parece requerir que nos definamos. Y no está mal que así sea. La única condición que deberíamos ponernos –me parece– es tratar de hacer coincidir lo que decimos con lo que hacemos. Es lo básico para que nos crean (a favor o en contra) y para que nos podamos mirar al espejo: el personal, en el botiquín del baño; el callejero, en la mirada de los otros.
Para entendernos, de salida. El sábado, en el día de la Patria, escuché tres voces: a la Presidenta, a Axel Kicillof y a Mariotto. No sé cómo lo habrán experimentado otros –no leí (no leo) los diarios ni escuché (escucho) comentarios en los medios, desde hace mucho y por cuestiones de salud– pero las tres exposiciones, más allá de ciertas cuestiones de estilo, me resultaron absolutamente convincentes. Debe haber habido varios más que hablaron, no lo sé. Lo que sí sé es que hubiera firmado –como muchísimos argentinos– al pie de esas tres exposiciones. Me representan absolutamente. No tuve contradicción alguna, excepto cierta modalidad retórica, con ellas. Al contrario: dijeron bien lo que uno suele no saber expresar con claridad por falta de aptitud y conocimiento. Me suele pasar con Alfredo Zaiat, con Gustavo López, con Horacio González, con Forster y con muchos más. Uno se remite a ellos: lo que intuye apenas o cree más que sabe, encuentra ahí formulación adecuada y compartible. Antes, sólo Jauretche y su saludable, múltiple cría.
Decía que lo que expusieron la Presidenta, Kucillof y Mariotto me/nos resultó convincente. Eso significa dos cosas: por un lado, que lo comparto, y en segundo lugar –y mucho más importante– que lo que dijeron es lo que siempre han dicho y se parece lo más posible a lo que hacen o tratan de hacer. Es decir: les creo. Y creo en lo mismo.
En todos los casos, lo que seguro cabe resaltar es el eje tácito que vertebra todas las cuestiones expuestas y que vale la pena, una vez más, explicitar: la diferencia que existe entre ejercer el gobierno y tener el poder. Y la que cabe hacer entre el gobierno y el Estado. Son obviedades, claro, pero pocas veces como ahora resulta tan necesario subrayarlas. No estoy formado en ciencias políticas, pero uno sabe y siente desde que se acuerda que dentro del sistema capitalista y de la democracia partidocrática vigentes y en funciones, las tensiones y colisiones entre gobierno y poderes reales son inevitables, sintomáticas, incluso necesarias. Porque se rigen por dos legalidades, dos lógicas a menudo antagónicas: el gobierno debe/debería rendir cuenta sólo ante la sociedad, porque su objetivo es la felicidad del pueblo (aunque suene excesivo, es así); y los poderes fácticos –sobre todo el económico– sólo aspiran a perdurar y a acrecentase dentro de su propia lógica, que presupone la desigualdad e incluso la genera sin pudores. De eso se trata.
Es así, redondeando: el gobierno, ocasional y transitorio en saludable democracia, representativo –se supone– de los intereses y de los deseos de la mayoría de la población, determina las políticas de Estado; los poderes fácticos permanentes –sobre todo los que manejan los sectores clave de la economía, el “ámbito” financiero, los medios de comunicación concentrados y las instituciones consolidadas, de la Iglesia a las Fuerzas Armadas– defienden sus intereses también permanentes: el beneficio privado a toda costa/costo en el caso de las empresas capitalistas, los privilegios adquiridos, en el caso de las instituciones.
Así, en nuestras sociedades y en esta época en que se ha naturalizado la ideología neoliberal de un capitalismo global, ultraconcentrado y salvaje, la lucha política por el acceso al gobierno y su conservación, o la desesperación por sustituirlo –a menudo, de cualquier manera– por otro afín, tienen que ver, casi exclusivamente, con acceder a la posibilidad de controlar las políticas de Estado, sobre todo las que tienen relación directa con los intereses (léase: los negocios, el lucro, el aumento de la ganancia) de los poderes económicos reales. Ese es el contexto general de lo que pasa.
En ese sentido, el papel que el gobierno le otorgue al Estado como regulador y mediador u olímpico prescindente, con todas las consecuencias sociales más o menos inmediatas que eso tiene, es fundamental. Y en sus efectos trasciende largamente la economía: implica un modelo de país/nación, y supone una cultura hecha a partir de determinados valores. Es una batalla con numerosos frentes conectados. Desde siempre.
Hay datos alevosos. Simplificando sin distorsionar: al poder real concentrado jamás le ha importado la legitimidad/moralidad del gobierno ocasional cuando las políticas de Estado, en lo que respecta a sus intereses puntuales, los han favorecido o no han tocado sus privilegios. Sin ir más lejos: en la dictadura coincidieron largamente el gobierno y el poder. Fueron uno: el gobierno de facto puso al Estado al servicio de los intereses económicos concentrados. Y esos sectores le dieron apoyo concreto, gente, cobertura/ocultamiento mediático. Sólo tras el advenimiento de la democracia, algunos aspectos del poder (y sólo algunos) tomaron distancia de los aspectos más siniestros de ese gobierno indefendible.
En los noventa, con el gobierno de Menem –el ubicuo peronista que con los votos de la gente y dentro de la legalidad democrática logró hacer cumplir los deseos más íntimos de la oligarquía tradicional, el gran capital saqueador y el Imperio–, el Estado llegó al más alto grado de servilismo ante el interés privado y de retirada criminal en sus deberes de contralor y salvaguarda del interés público. Y el desguace del Estado tuvo consenso y aprobación no sólo de los poderes beneficiarios directos sino de la opinión pública largamente manipulada: destrucción consciente de la red de ferrocarriles; apertura salvaje de la economía y destrucción lisa y llana de la industria nacional; vaciamiento y privatización de Aerolíneas; privatizaciones ladronas del resto de las empresas del Estado; invento de las AFJP, auténticas máquinas de robar; la precarización laboral; el intento de dolarizar la economía... Lo que no habían logrado los milicos lo hizo un gobierno elegido y reelegido por el pueblo.
Y ahí también: la venalidad y la corrupción de los gobiernos menemistas nunca fueron obstáculo para la adhesión incondicional del poder económico, que se benefició como nunca mientras el país se descapitalizaba casi casi hasta lo irreparable.
Es que para gran parte del empresariado argentino, para la banca usuraria asociada al capital extranjero y para sus defensores mediáticos, el Estado es, por definición y según las circunstancias, o una vaca que hay que ordeñar y saquear mientras te dejen, o un estorbo, una molestia que hay que eludir –con coimas, con evasión– cuando se supone que “no permite el libre juego de las fuerzas del mercado”. Es así: creer o reventar.
Por eso, cuando durante una década –con todas las salvedades, errores e inconsecuencias que se quiera– los sucesivos gobiernos elegidos por la gente han llevado y llevan adelante políticas de Estado (remito a la Presidenta, a Kicillof, a Mariotto en este caso) que intentan corregir, a contrapelo de las recetas neoliberales, el catastrófico estado de cosas que nos dejó el saqueo y tratan de revertirlo tocando, aunque sea apenas, algunos aspectos de los poderes concentrados e institucionales, pasa lo que pasa hoy: la más feroz intolerancia, la mentira, el ninguneo, la distorsión sistemática, el agravio y la difamación, la pretensión destituyente incluso. En otros tiempos, por mucho menos, se iba a golpear a las dóciles puertas de los cuarteles. Hoy hay que votar y confrontar ideas: es más difícil. Por lo tanto, la receta es destruir por descalificación. Y ahí parece valer todo.
Quiero decir, para que se entienda bien: no es que todas las falencias que se denuncien en la gestión del gobierno nacional –de la enquistada corrupción al clientelismo; del ocasional enriquecimiento ilícito al personalismo exacerbado o la puntual intolerancia– sean falsas. Claro que no: ha habido casos y pruebas y seguramente habrá más. Nada las justifica. Sin embargo, cabe señalar tres cosas. Primero, que las denuncias –sobre todo las de corrupción y afines– sólo han sido corroboradas por la realidad en una ínfima proporción, ya que el objetivo primordial del poder no es probar algo sino instalar la cuestión, convertir la sospecha o su formulación en un hecho en sí, rebotable, multiplicable en los medios hasta convertirse en versión. Segundo, que los motivos y hechos que se esgrimen para denunciar y descalificar no son –de últimas– el objetivo en sí, sino el medio elegido para interrumpir o modificar, de cualquier manera, el rumbo y la tendencia de los acontecimientos políticos.
Y tercero, lo básico: en la insistencia de atacar a la Presidenta de los argentinos y pintarla como “loca” o “desequilibrada” y negar la existencia de plan alguno en las políticas de gobierno se revela lo que el poder más teme y más le cuesta admitir: que hay un modelo de país en marcha y viable –que es cultural, político, económico y en gran medida contradictorio con sus intereses– y que hay una conducción firme, confiable y genuina: no hemos tenido muchos cuadros políticos con la formación y la envergadura intelectual de Cristina en ese lugar ocupado a menudo por asesinos, cagones y mentirosos que no dieron la talla.
En fin: disculpen los exabruptos. Y, para lo que viene –como se dijo el sábado– hagámonos cargo de lo que está en juego. Y seamos inteligentes.
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